17 de diciembre de 2017

MATAR A LA BESTIA (2)

(continuación de Matar a la bestia)

En la comisaría le dieron una paliza y lo humillaron. Querían saber quiénes eran sus cómplices. De nada le sirvió explicarles que era un parado enfermo de cáncer de páncreas al que iban a desahuciar la semana siguiente.

No lo creyeron hasta que tuvieron en la mano la información del INEM, del banco y de la Seguridad Social. Era cierto. Le habían diagnosticado un cáncer de páncreas el año anterior y debido a las continuas inasistencias al trabajo, había sido despedido de la multinacional en la que trabajaba.  No pudo hacer frente a la hipoteca y el banco ya le había anunciado el desahucio. Para colmo, el oncólogo le comunicó, con gran pesar, que su cáncer era difícil y que a la Seguridad Social no le merecía la pena prescribirle el carísimo tratamiento que necesitaba para alargarle la vida unos meses. Aunque si quería podía pagárselo de su bolsillo…

Tres meses de vida le dieron.
Pensó en suicidarse. Anduvo varias semanas dándole vueltas al asunto pero no se decidía. La situación en que quedarían sus hijos, menores de edad, detenía su mano.
Al final urdió un plan para, al menos, dejar algo de dinero a sus hijos. Así fue como se puso en contacto con la emisora. Incluso había comprometido un libro con una editorial de los mismos propietarios.
Si tenía éxito, le prometieron, podría someteré al tratamiento oncológico desde la cárcel, lo que le alargaría la vida dos o tres años, tiempo suficiente para poner por escrito sus vivencias.
Naturalmente, estos detalles no se los contó a la policía y tampoco al juez.
Le resultó extraño que algunos de los agentes que lo habían golpeado con saña, al conocer de su propia boca las motivaciones que lo habían llevado a cometer el crimen, le pidieron disculpas. Le comprendían, ¡vaya si le comprendían!
El juez le recriminó por haberse tomado la justicia por su mano. Así lo definió el magistrado en una conversación privada que no quedó registrada en la declaración. No era poco que reconociera que se había tratado de un acto de justicia, aunque fuera justicia ilegal.
Eso le dio pie para debatir con el juez sobre la legalidad y la justicia de las normas que nos gobiernan. ¿Son términos equivalentes? ¿Por qué la legalidad tiene el monopolio de la justicia y, sobre todo, de la violencia? ¿El ser humano no tiene derecho a defenderse con la violencia, si es preciso, cuando es agredido y humillado, llevado al límite de su dignidad como persona?
En los días que estuvo encerrado a la espera de juicio, el Gobierno —ahora presidido por una mujer—, cambió las leyes hipotecarias, rectificó la legislación laboral y frenó su galopante privatización de la Sanidad Pública.
Entonces se felicitó de no haberse dejado llevar por la desesperación, de no haberse levantado la tapa de los sesos de un disparo, como fue su primera intención. Comprendió que, a veces, una actuación puntual, bien dirigida, puede cambiar muchas cosas. Muchas, muchas cosas.

 Fin

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