25 de junio de 2010

En el Toletum de los visigodos

El otro día estuve en Toledo para una entrevista con motivo de mi última novela, El tesoro de Vulturia. Fue el delegado de la Agencia Efe en Castilla-La Mancha, Enrique Merino quien me la hizo. Para hablar de una novela que trata de la expansión de los visigodos por la península Ibérica, qué mejor escenario que la ciudad que fue su capital en España hasta la entrada de los árabes. 
Con el fotógrafo, y gracias a la amabilidad de Alfonso García, ex periodista de Telemadrid y TVE y actual jefe de prensa de la sociedad pública Toletum Visigodo, que nos franqueó la entrada, pudimos visitar los terrenos de la Vega Baja en los que se asentó Toletum y que hoy son objeto de investigaciones arqueológicas. 
Lamentablemente hay muy poco que ver por el momento, ya que, a la espera de que se inicie la campaña de este año, el lugar es un solar inhóspito lleno de yerbajos de un metro de alto. Sin embargo, hay que estar satisfechos de que la zona se haya librado de la piqueta pues hasta no hace mucho se proyectaba edificar encima un complejo urbanístico que hubiera destruido el yacimiento, de lo que ya escribí en este blog.
El fruto de aquel día es la entrevista que reproduzco abajo, además de esta y otras fotos en las que aparezco tan hermoso y cocido de calor.
La entrevista puede leerse también aquí y aquí, si preferís los sitios originales.


Entrevista completa:

Francisco Galván rastrea la época visigoda en "El tesoro de Vulturia"

 Agencia EFE
Toledo.- El pasado oscuro y mal conocido de los visigodos ha inspirado de nuevo al periodista y escritor madrileño Francisco Galván para fabular y escribir su segunda "novela policíaca visigoda", como él define "El tesoro de Vulturia".
"Me llama mucho la atención esa época tan oscura, de cómo se pasó de unos tiempos, de muchos siglos de cultura, de civilización ordenada y razonable y de paz, a una época de absoluto oscurantismo, de destrucción de todo lo anterior, físicamente, y de pensamiento", afirma Galván en una entrevista con Efe.
"El tesoro de Vulturia" recrea las aventuras del héroe visigodo Wulfric y la comunidad de leprosos de la ciudad imaginaria de Vulturia, que el autor sitúa en lo que es hoy la reserva de aves rapaces de Montejo de la Vega, en el cañón del río Riaza, en Segovia.
En esa época, en el Siglo V, "la gente estaba más preocupada por sobrevivir que por escribir, influenciada, además, por la gran manipulación de la Iglesia", observa el periodista, que trabaja en el departamento de Contenidos Digitales de la Agencia Efe.
"El tesoro de Vulturia" (editorial Algaida) es la octava novela de Galván (Madrid, 1958), con la que ha ganado este año el IV Premio Ateneo de Sevilla de Novela Histórica, dotado con 12.000 euros.
"De buitres y lobos" fue el primer libro "visigodo" que escribió Galván, aunque el cuarto en publicar, en 2005, y en él aparecen personajes que se repiten en "El tesoro de Vulturia", pero ambos libros no forman parte de una saga y pueden leerse separadamente, aunque su autor advierte que "puede ser el germen de una serie".
Galván dice que tardó un año en escribir "El tesoro de Vulturia" y que lo hizo de forma "muy caótica" sin someterse a la dictadura de los horarios y plazos de entrega porque dice que no vive de la Literatura "de lo cual me alegro".
Las lecturas tempranas sobre los godos despertaron en Galván la curiosidad por ese mundo que, unido a la ausencia de material histórico escrito, abonaron el terreno para la fabulación, afirma.
En el tema de los visigodos, "hay un campo más amplio para fabular porque se sabe poco, pero igualmente hay que estudiar la época, cosa que no tienes que hacer, o en menor medida, con la novela ambientada hoy día", señala el periodista.
"Lo básico de una novela -agrega- es la fantasía de crear de la nada. Escribir novelas es lo más parecido a Dios: es crear de la nada. Partes de cero y creas algo que acaba teniendo vida por sí mismo".
Galván se declara escritor "de vocación tardía", que comenzó cuando cayó en sus manos "Historia de los godos", de Henry Bradley, un libro que le llamó poderosamente la atención.
"Sabemos más de los romanos porque todo lo dejaban escrito, al contrario que los visigodos", cuya entrada en España supuso "un paso atrás gigantesco en todo" aunque si algo lograron fue la "consolidación del Cristianismo, de la España católica" y el concepto de "reserva espiritual de Occidente", afirma.
Galván cultiva más la novela histórica que otros géneros, aunque en una fugaz incursión en la comedia, ganó con "El Rabo del diablo" el premio Diablo Cojuelo de Novela Picaresca de Écija (Sevilla) en el 2001, galardón que le entregó el escritor Juan Eslava Galán, de quien se declara una "ferviente admirador".
Por entonces, dice, ya llevaba tres o cuatro novelas escritas y metidas en un cajón "con la esperanza de publicarlas algún día".
Galván se declara un admirador de Hernán Cortés, el conquistador de México, y asegura que leyó mucho sobre su vida y se empapó de las costumbres y lenguaje de su época para poder escribir una novela sobre sus andanzas en el Nuevo Mundo.
"Hasta que no escribí dos novelas, no me atreví con la de Cortés", afirma Galván, expresando de esta forma el "respeto" que le inspira la figura del conquistador extremeño.
Galván no se ciñe a un solo periodo de la Historia e, incluso, salta desde la época visigoda en el Siglo V a la aventura española en América en el Siglo XVI, con "Las esmeraldas de Cortés" (2000), y al XIX con "Memorias del guerrillero de dos cabezas".
Esta última novela, que publicó en 2008, coincidiendo con el 200 aniversario del comienzo de la Guerra de la Independencia contra los franceses, mezcla incluso dos periodos pictóricos por mor de la trama, los representados por Diego Velázquez (1599-1660) y Francisco de Goya (1746-1828).
Además de las novelas mencionadas, Galván ha escrito también "Cuando el cielo se caiga" (2002, premio Ateneo de Valladolid), "El evangelio de Barrabás" (2007) y "Sangre de caballo" (2008).



 

22 de junio de 2010

Con los amigos en la feria del Libro

El otro día estuve firmando mis novelas en la Feria del Libro de Madrid, en especial la última, El tesoro de Vulturia, con la que gané la IV edición del premio Ateneo de Sevilla de Novela Histórica y es la que estamos promocionando. El día no fue el más propicio para estas cosas porque llovió por la mañana y luego, a primera hora de la tarde cayó una chupa de agua impresionante. Sin embargo, como si los dioses hubieran querido serme propicios (a mí y a los demás interesados en que la Feria fuera un éxito), a las seis de la tarde el cielo se abrió un poco y permitió a la gente acudir sin miedo al Retiro.
Allí estuve con algunos amigos que quisieron acompañarme y con otros que no lo eran y que se acercaron para comprar mi novela. A todos ellos, gracias por desafiar la amenaza de chaparrón en el penúltimo día de Feria. Fue una jornada para ampliar amistades y, sobre todo, para conocer en persona a gente que solo he tratado a través de la blogosfera. Es el caso de Balovega, que además de pasarse con su marido para verme, hizo unas fotos que luego ha publicado en su blog y otras que me ha facilitado para usarlas yo aquí. A mi se me olvidó la cámara, ya que estaba más pendiente del paraguas, y solo dispuse del móvil para sacar alguna imagen de mala calidad.
Dicen que estos actos sirven para conocer a los lectores, y es verdad, pero a mí me permiten, además, tomar contacto directo con los amigos blogueros. Si este año he conocido a Balovega, el año pasado tuve ocasión de conocer a Josek. Poco a poco nos vamos conociendo todos.

4 de junio de 2010

El 12 de junio, cita en la Feria del Libro de Madrid

El sábado 12 de junio estaré en la Feria del Libro de Madrid para firmar ejemplares de mis novelas, en especial de la última, El tesoro de Vulturia, ganadora de la IV edición del Premio Ateneo de Sevilla de Novela Histórica.

La cita es de 19.00 a 21.00 horas en las casetas de la Editorial Anaya, que son las numeradas del 170 al 174.
Os espero a todos, como siempre, no para vender libros sino para tomar una cervecita después, cuando el calor ya no apriete tanto.

2 de junio de 2010

"El tesoro de Vulturia" (2): Genserico y la matanza de los nobles

El rey vándalo Genserico se asentó con su pueblo en los terriorios que el Imperio romano tenía en el norte de África. Expulsado por los visigodos de Hispania, vándalos y alanos, fundidos en una sola nación, cruzaron el Estrecho el año 429 y se apoderaron de la que probablemente era la provincia más rica del Imperio después de Egipto. En su viaje hasta Cartago, los vándalos cercaron Hipona, de donde era obispo el anciano Agustín, uno de los padres de la Iglesia. En el cerco murió el que después sería proclamado santo. La Iglesia nunca perdonó a los vándalos, de religión arriana, este hecho, y su apoyo a los donatistas que hasta ese momento habían sido perseguidos por los católicos, expoleados, entre otros, por Agustín. Pero mucho peor fue para la Iglesia el posterior saqueo de Roma, en el 445, a pesar de que respetaron las vidas y no incendiaron la ciudad por petición expresa del papa León I el Magno. Por estas acciones imperdonables, la Iglesia anatemizó a los vándalos hasta el punto de que hoy día, de forma injusta, se conoce como vandalismo cualquier atentado contra los bienes o las cosas.

Cuando Genserico se sintió seguro en las fronteras de su reino, procedió a la purga interna con el único fin de asegurarle a su hijo Hunerico la sucesión en el trono. Con la excusa de la existencia de una conspiración, el año 442, ordenó pasar a cuchillo a la mayoría de los nobles vándalos y alanos de su corte.

Entre las víctimas de esta purga estaba Atanasés, el hijo de Atax, el último rey alano independiente, que murió en Hispania en una batalla total y definitiva contra los visigodos el año 418. Tras esta derrota, y siendo Atanasés muy niño, los nobles alanos prefirieron ofrecer la corona de su pueblo a Genserico y fundirse con los vándalos. Estos, once años después, fueron derrotados también por los visigodos y expulsados de la peninsula.

Atanasés supo que Genserico planeaba una matanza y tuvo tiempo de poner a salvo a su único hijo, Tarbalés, apenas un niño. Antes de entregárselo a un monje de confianza que se lo llevó a un monasterio agustino del  sur, en el desierto, le grabó con una daga unos tatuajes en el brazo. El pequeño Tarbalés estaba aterrorizado pero su padre lo tranquilizó dicéndole que cuando fuera adulto averiguara el significado de los signos que le acababa de tatuar.



Tarbalés creció junto al enorme y árido mar de arena, más allá de la frontera del reino vándalo, lejos del alcance de Genserico, y trabó amistad con los señores de aquella tierra inhospita, los imuhagh, los hombres azules del desierto.

Años después, hacia el 472, algunos de los viejos camaradas de su padre, que se salvaron de la purga, ofrecen a Tarbalés encabezar un levantamiento contra el octogenario Genserico y ocupar el trono.