27 de enero de 2009

Museo del Prado: El Coloso no es de Goya



Los expertos del Museo del Prado, con Manuela Mena a la cabeza, han concluido que la pintura El Coloso no la pintó Goya, sino Asensio Juliá, uno de sus discípulos más aventajados. En resumidas cuentas, concluyen que El Coloso no es del pintor de Fuentedetodos porque tiene demasiados errores, muchos de ellos impropios de un genio como Goya.
Si ellos lo dicen será verdad, aunque hay otros expertos que no están de acuerdo. La polémica está servida y supongo que los que opinan lo contrario no tardarán en salir a la palestra. Tampoco sería una tontería investigar por qué Goya pintó después otro Coloso tan parecido al de la polémica. ¿Copió a Asensio Julia?
Ante una noticia como esta uno se queda algo alicaído, apenado, porque siente la pérdida de algo que le era muy cercano y muy querido, y que ahora debemos acostumbrarnos a admirarlo con otros ojos, a fijarnos en esas pinceladas burdas y esas sombras mal puestas que destacan los expertos.
La decisión del Prado, se quiera o no, devalúa una pizca el patrimonio español. Bien es cierto que solo es un cuadro y que de Goya tenemos muchos más, pero un goya es un goya. Supongo que es como el que tiene un anillo con un pedrusco brillante y durante toda su vida le han dicho que es un diamante y un buen día le informan de que no es verdad y que no vale nada.
Desde el Museo insisten en señalar que aunque sea de Asensio Juliá, el cuadro sigue siendo importante... y lo dicen después de ponerlo a caldo para demostrar que no es de Goya.
Afortunadamente, tenemos un cajón entero lleno de diamantes.



(Coloso pintado por Goya en 1818)

26 de enero de 2009

Cita con los lectores en Córdoba

Será el día 6 de febrero a las siete de la tarde en la sala de usos múltiples de la biblioteca central de Córdoba (Ronda del marrubial, s/n).
Un encuentro con los lectores para hablar de mi última novela, Memorias del guerrillero con dos cabezas.
Os espero a todos.

23 de enero de 2009

Goya durante la Guerra de la Independencia

Francisco de Goya hizo todo lo que pudo por mantenerse al margen de la Administración que encabezó en rey impuesto, José Bonaparte, pero no siempre lo consiguió. Además, muy probablemente recibió la luz de la masonería y es casi seguro que no pudo contemplar en directo los acontecimientos que luego retrató en sus famosos cuadros del 2 y el 3 de mayo de 1808: la carga de los mamelucos en la Puerta del Sol y los fusilamientos de la Moncloa.
Estas son algunas de las conclusiones expuestas en el libro Goya durante la guerra de la Independencia (editorial Cátedra), publicado por uno de sus mejores biógrafos, el francés Gérard Dufour.
Naturalmente, no se incluye la reciente y polémica conclusión a la que han llegado los expertos del Museo del Prado de que la obra Coloso no es de Goya, aunque si se citan las dudas sucitadas sobre la autoría.
Goya estaba en la cima de su fama y de su caché profesional cuando José I se instaló en el trono español. El pintor, en una clara muestra de rechazo, se acogió a la jubilación ofrecida a los mayores de 60 años y rechazó cobrar la pensión correspondiente.
Sin embargo, con el paso de los meses no tuvo más remedio que aceptar una serie de encargos comprometidos. Uno de ellos fue hacer una selección de obras de los mejores pintores españoles para que nutrieran el Museo Napoléon de París (el futuro Louvre), al que las tropas francesas, por orden directa del emperador, ya habían llevado pinturas expoliadas en toda Europa.
Además, a instancias de José Bonaparte, formó parte de una comisión para hacer otra selección de pinturas para crear la primera pionacoteca española, que debía haberse instalado en el palacio de Buenavista (actual sede del Cuartel General del Ejército, en la glorieta de Cibeles). Este proyecto, aunque el pintor aragonés fue diligente en su trabajo, no se llevó a cabo pero fue el germen del Museo del Prado, creado por Fernando VII cuando retornó de su exilio dorado.
Aunque tras la guerra Goya fue exonerado de su comportamiento durante la dominación francesa, lo cierto, según Dufour, es que ya nunca volvió a tener el predicamento anterior y el nuevo rey, aunque lo mantuvo como pintor de la Corte, prefirió a otros artistas más jóvenes, como Vicente López.
El libro de Dafour es muy recomendable para aquellos que quieran conocer, de forma ágil y amena, la actitud de Goya en aquellos turbulentos años de dominación francesa.

18 de enero de 2009

XXIX Festival de cine español en Carabanchel


Las grandes superficies comerciales se lo comen todo con la voracidad propia de la especulación del ladrillo que las vio nacer y las hace crecer. Al contener todo tipo de oferta de ocio y consumo, desde supermercados, discotecas y restaurantes hasta tiendas de ropa, librerías o cines, se comportan como un agujero negro que arrastra hasta ellas a todo tipo de gente en un círculo muy amplio. De rebote provoca la ruina del pequeño comercio y obliga a cerrar los negocios tradicionales, incapaces de competir en precios y horarios; capta el ocio nocturno, el tiempo de esparcimiento de las familias y hasta el hambre de cultura.
Los cines tradicionales son, desde hace años, víctimas de este cambio de tendencia de los consumidores españoles, que prefieren acudir a salas situadas en estos macrocomplejos comerciales.
En Carabanchel el último cine que quedadaba, el España, desapareció en 2006, dejando huérfano de local de exhibición al Festival de Cine de Carabanchel que se había refugiado allí tras el cierre, un par de años antes, del Florida, sede tradicional del festival.
La ausencia de cines en todo el distrito obligó a los organizadores municipales, durante los dos últimos años, a proyectar las películas en los centros culturales de San Francisco-La Prensa (2007) y Oporto (2008).
Este año, cuando el festival alcanza su XXIX edición, los films se exhibirán en las salas del complejo comercial Isla Azul, relativamente nuevo y al que no se puede acusar de haber sido el culpable del cierre de los cines del distrito.
¿Hay que agradecer a Isla Azul que también haya abducido al festival con su fuerza centrípeta como lo hace con miles de consumidores? Quizá. Al menos está en Carabanchel, aunque en un páramo situado entre el cementerio y la M-45, lejos de casi todo, pero especialmente apartado del núcleo poblacional del distrito.
En mi opinión, las películas del festival deberían haber seguido proyectándose en los centros culturales que hay en el distrito. Quizá sean menos vistosos, quizá incluso tengan menos afluencia de público. No importa, el lucro no es el factor fundamental de este certamen, organizado por el Ayuntamiento, sino acercar la cultura a la gente del barrio, y para eso, nada más apropiado que los centros culturales. Mejor dicho, todaavía sería mucho mejor dotar al distrito de un auditorio municipal, moderno y bien equipado.
El festival comienza mañana, 19 de enero, y en él se proyectarán las mejores películas españolas producidas el año pasado.

10 de enero de 2009

Memorias del fraile mexicano amigo de Xavier Mina


Acabo de leer las Memorias de Fray Servando Teresa de Mier que bajo el título de Memorias de un fraile desterrado en Europa, ha publicado Trama Editorial. Fray Servando fue uno de los compañeros de Xavier Mina, el guerrillero navarro, en su expedición a México para luchar contra el absolutismo de Fernando VII y que, a la postre, le costó la vida en plena juventud.
El dominico fue uno de los artífices de la independencia de México y participó en la redacción de la constitución de 1824. La mayor parte de estas Memorias las escribió en las cárceles de la Inquisición.
Es una delicia leer las opiniones y los vitriólicos comentarios de este curioso dominico que, aunque secularizado en Roma a petición propia en los primeros años del XIX, nunca dejó de ejercer como sacerdote.
Fray Servando fue deportado a España por el arzobispo de México acusado en 1794 de haber negado en un sermón el milagro de la Virgen de Guadalupe. Desde ese momento, la vida del sacerdote fue un continuo entrar y salir de las prisiones, tanto en España como en México, en las que pasó un total de ocho años. Su relación de amor y odio con la metrópoli lo llevó a escribir con descarnada crudeza sobre los vicios de la Corte, la corrupción de la Justicia y la incultura del pueblo y de los dirigentes españoles, lo que no le impidió luchar en el batallón de Voluntarios de Valencia contra el invasor francés durante la guerra de la Independencia.
Sus viajes lo llevaron por España, Portugal, Francia, Italia, Inglaterra, Estados Unidos, Cuba y de nuevo a México. Sus descripciones de las gentes de las diferentes regiones no tienen desperdicio y nos anticipan todos los tópicos que hoy tenemos de ellas.
Así, por ejemplo, de los catalanes dice que bebían el vino en porrón y que no había forma de encontrar un vaso en todo el país porque "tienen por gran porquería aplicar los labios". Pero a continuación asegura que "la verdad es que este es un ramo de su economía para no gastar vino, pues aunque se esté bebiendo un cuarto de hora, como el chorro es tan delgado, muy poco vienen a beber". Y abunda: "Los parientes cuando van a visitar a sus parientes tienen que llevar su comida por todo el tiempo que estén, mas que sea un solo día".
La fisonomía de los catalanes, dice, "me parece la más fea de todos los españoles", aunque después puntualiza que no se parecen a los españoles en ser holgazanes y perezosos porque "no se dan un instante de reposo", bien es verdad que esa laboriosidad la achaca a que el país es el "más miserable y estéril" de España, por lo que allí "el que no se menea, no come".
También pasó por Aragón a la que califica como "tierra del coño", pues es una palabra que la incluyen a cada instante en su conversación. Y por criticar a los aragoneses no se le escapan los vizcaínos: "parecen ratas (los maños), aunque estas ratas son valientes, y tan porfiandos que así como un hombre clavando un clavo con la cabeza es símbolo del vizcaíno, así clavándolo con la punta hacia la frente es símbolo de un aragonés".
De los madrileños dice que son "cabezones, chiquititos, farfullones, culoncitos, fundadores de rosarios y herederos de presidios", y añade que los hijos de Madrid parecen enanos y "me llevé grandes chascos jugueteando a veces con alguna niñita que yo creía ser de ocho años o nueve años y salíamos con que tenía sus dieciséis".
Fray Servando explica lo que son los manolos, que son "la gente natural del país (...) gente sin educación, insolente, jaquetona (...) que con navaja o con piedras despachan a uno si es menester después de mil desvergüenzas. Son los majos, los valentones y los chulitos de a pie de las mujeres como ellos, y tan desvergonzadas como ellos, entre las cuales se cuentan las fruteras y las revendonas".
Y agrega algo sorprendente: "en ninguna parte de Europa tienen el empeño que las españolas por presentar a la vista los pechos, y las he llegado a ver en Madrid en el paseo público con ellos totalmente de fuera, y con anillos de oro en los pezones. Lo mismo que en los dedos de los pies, enteramente desnudos, como todo el brazo desde el hombro. Y ya que no pueden desnudar las piernas, llevan medias color carne".
Especial pavor sintió al pasar a Italia, país en el que asegura que son capaces de matarte por cualquier razón, y de los napolitanos dice que por lo general son "muy ladrones y se les reputa como los manchegos de Italia".
La descripción de su estancia en Roma no tiene desperdicio y se percibe cierto sarcasmo al enumerar las reliquias que tienen sus iglesias: allí están el pesebre en el que nació Jesús, la escalera del palacio de Pilatos por la que subió el Mesías, la cruz en la que murió y el cartel que le colocaron, en madera más clara, con el texto "Jesus Christus Rex Judeorum" grabado en hebreo, griego y latín; el travesaño de la cruz del Buen Ladrón y "tres espinas de la corona de Nuestro Señor", además de la columna en la que fue atado para sufrir tormento.
No faltan tampoco las cabezas de san Pedro y de san Pablo, que están en San Juan de Letrán, pero por aquella fecha ya no se sabía de quién era cada una porque los franceses las sacaron para robar las urnas que las contenían.
Y también está, atada con un hierro a una columna, la piedra negra que el diablo arrojó a santo Domingo.
Al final, fray Servando, consciente de lo afilado de su verbo, confiesa que la acrimonia de sus discursos proviene "de la ingenuidad con que no acierto a disfrazar la verdad".