1 de octubre de 2010

¿Hay otra verdad?


Dicen los teóricos de estas cosas que cuando una novela sale al mercado deja de pertenecer a su autor. Queda en manos de los lectores, dueños soberanos de la historia e intérpretes finales de cada uno de sus recovecos.
Dicen que el autor debe respetar entonces las lecturas que a cada cual les sugieran aquellas letras que fueron pergeñadas durante meses en esa soledad física e intelectual propia del creador que en ocasiones resulta hasta dolorosa.
La mayoría de las veces esas interpretaciones que los lectores hacen de los textos no retornan al autor. Solo esporádicamente alguien te comenta algo en alguna feria, en alguna firma, en cualquier sitio donde por casualidad te tropiezas con un lector. Es entonces cuando te haces una mínima idea del impacto que tus escritos han tenido fuera del círculo de amigos y familiares (del que no suelo fiarme porque siempre son excesivamente benévolos).
El otro día tuve una experiencia de este tipo y fue de lo más gratificante. Una señora me dijo que había leído recientemente dos de mis novelas: El tesoro de Vulturia, que es la última que he publicado, y El evangelio de Barrabás, cuya edición de bolsillo salió hace un par de meses. Esta mujer, de mediana edad, me dijo que le gustaron ambas pero más El tesoro de Vulturia, dijo, "porque la otra te hace dudar de todo lo que he creído desde siempre". Se refería esta persona a la trama de El Evangelio de Barrabás, que cuestiona la muerte y resurrección de Jesucristo y denuncia las manipulaciones de la historia perpetradas por la Iglesia.
El libro tal vez ya no sea mío, y cada cual pueda interpretarlo como quiera, pero el mensaje que yo deposité en él y lancé al mundo como si fuera una sonda espacial sigue trabajando solo, sin necesitar de mi concurso, ni de mi atención permanente, surca el tiempo con vida propia y se reactivará cada vez que alguien se sumerja en sus páginas.
Este era/es el objetivo secundario de aquel libro (el primario era/es entretener), hacer pensar a la gente que las cosas pudieron ser de otra forma diferente a como nos las han contado durante los últimos dos mil años, introducir la duda, obligar a plantearse otras  posibles hipótesis, agrietar esas convicciones inamovibles que al basarse en una supuesta Palabra de Dios no están sujetas a ningún juicio crítico.
Resulta reconfortante saber que esa propuesta deletérea que, desde mis modestas capacidades, dispersé por el mundo, como el náufrago que lanza una botella al mar, ha alcanzado al menos a una persona que le ha  hecho preguntarse si no serán una farsa los postulados que rigen su conducta moral y sus creencias religiosas. Solo por esto, por haber llevado la duda al menos a un ser humano, ha merecido la pena el esfuerzo.