22 de abril de 2012

Diario de Jürgen Toepfer: resignación


Callamos cuando nos pegaron la primera bofetada. Callamos cuando nos robaron lo que era nuestro. Ahora es tarde para reaccionar porque tomamos los golpes y la rapiña como algo cotidiano en nuestra vida.



Jürgen Toepfer
Mercenario en la RD del Congo

15 de abril de 2012

La extraña familia

El padre, un rijoso cojitranco y sanguinario, y aunque su aspecto de bobalicón lenguitrabado le hace ganar cierta simpatía, su personalidad se recrea en el retorcimiento, la traición y el resentimiento.
La madre, una extranjera desposeída y amargada por el pelaje de tan triste familia, y en especial el del marido,  aprovecha cualquier ocasión para poner tierra de por medio con excusas variopintas.
Los hijos, de tal palo.
El varón, el más joven, pero destinado a obtener todo el botín según el concepto medieval de las relaciones familiares. Alto y de catadura similiar a la del padre, solo el tiempo podrá igualarlos. Ayuntado con una joven famélica, de voz engolada, gustosa de quirófanos y de aspiraciones elevadas.
La hija mayor, enjuta, de rizos rubios y prietos, cuasipúbicos, de pocas luces pero voluntariosa, claro ejemplo de la estirpe, de soberbio y amenazador entrecejo. Mal casada y mal separada de un vicioso engreído de cuello duro, fatuo, mostrenco, desmañado y de zapatos al bies propenso al tropezón.
La otra hija, un calco de la primera, con mejor estampa y de sonrisa fácil, pero atravesada, abusadora, esquiva, reluctante y negadora. Esposa del otro piernas familiar, un aprovechado y desfachado al que todo le viene bien.

La madre, ya abuela por la parentela de los hijos, anda alicaída, preocupada y algo revenida porque no acaba de entender por qué su familia parece una parada de monstruos salidos de una pesadilla de la Historia; si tienen todo y a nadie han de dar cuentas, pero lo cierto es que los nietos, según entran en la pubertad, repiten las necias maneras de sus mayores.
¡Dios, qué cruz!

9 de abril de 2012

La puta de Babilonia y el Gran Cabrón


Cuando la puta, la gran puta, la grandísima puta, la santurrona, la simoníaca, la inquisidora, la torturadora, la falsificadora, la asesina, la fea, la loca, la mala fornica con el Gran Cabrón, el de cuernos retorcidos, el que apesta a azufre, el de pezuñas hendidas, el de hediondas posaderas, el de pérfida lengua alumbra cristofascistas de mitras tan  negras como sus lenguas, de babas flojas, de pichas gotosas, de nalgas blancas como sus bocas blandas, ocultadores de pedófilos, genuflexos chupaleches, aprendices de bujarrones de sacristía con los sesos cocidos en caldo seminal. 

En Viernes Santo, con Dios muerto y sin nadie que lo alumbre, un necio dice necedades después (o antes, que le da igual) de beberse el vino del oficio. 

2 de abril de 2012

As crendas de San Porfirio (El origen)

Mi novela Las creyendas de San Porfirio --que acabo de publicar traducida al gallego como As crendas de San Porfirio en la editorial Papilosante-- tiene su origen en un hecho real que ocurrió en Galicia allá por 1998 y que tuvo cierta repercusión en la prensa.
Un jubilado que había comprado un cupón de la ONCE, Juan Villasante, falleció de forma repentina pocos días antes del sorteo en el que su boleto resultó premiado con cinco millones de pesetas. La familia buscó el cupón pero no lo halló. Finalmente resolvió que estaría en alguno de los bolsillos del traje que llevaba puesto cuando murió... y con el que lo enterraron. Pidieron la exhumación del cadáver pues cinco millones de pesetas no es cosa de tomar a broma. Sin embargo, no fue necesario porque poco después la ONCE confirmó que todos los cupones premiados en el pueblo habían sido cobrados.
¿Quién cobró los cinco millones correspondientes al cupón de don Juan Villasante? Un vecino de la localidad, que defendió a puñetazos ante un miembro de la familia del interfecto que él también había comprado un cupón. La cosa no quedó clara y la Justicia investigó el caso. Todos fueron sopechosos, desde el vecino que cobró el cupón hasta un empleado de la funeraria, pasando por  la ATS del centro de salud donde se atendió al moribundo.

En As crendas de San Porfirio parto de ese acontecimiento como excusa para desarrollar una novela rocambolesca en la que el hijo del fallecido, apenas salido de la adolescencia, ha de viajar a Madrid desde su pequeño pueblo en Galicia para recuperar, no solo el dinero, sino la memoria de su padre, que llevaba una doble vida. En esa odisea, Marcial,que así se llama el chico, deberá enfrentarse a toda clase de granujas, narcotraficantes y corruptos de medio pelo. Eso sí, apoyado siempre por su querida novia, Margarita, y un esquizofrénico que hace verdaderos esfuerzos por mantener la cordura. Es este precisamente, que trabaja como enterrador en el pueblo, quien relata la historia en un novedoso ejercicio terapéutico impuesto por los doctores que lo tratan. De ahí el subtítulo de la obra: Diario terapéutico de un esquizofrénico.
La novela puede adquirirse (o encargarse) en las principales librerías gallegas o pedírsela directamente a Papilosante a través de su web.
En este enlace se indica media docena de librerías gallegas en los que está disponible.
Para todo aquel que quiera profundizar en la historia real de la que he hablado, dejo aquí tres enlaces (uno, dos y tres). Merece la pena leer las crónicas periodísticas de aquel tiempo. Lo que ignoro es cómo acabó la investigación judicial.

Os dejo el comienzo de la novela. Naturalmente en gallego:

 A MORTE

Coñecín a Marcial no cemiterio, durante o enterro do seu pai. Non choraba, a diferenza do resto dos parentes, aínda que era o único que sentía a morte de don Onofre. Quedou só ante a fosa esperando a que eu rematase de botar a terra sobre o féretro. Os demais marcharon rapidamente en canto don Felipe terminou o seu responso. Chovía e non era agradable aguantar alí, mollados ata os ósos e cos zapatos cheos de barro. 
Cando acabei, o mozo deume unha propina. Nada, pouca cousa, pero emocionoume porque nunca me deran unha propina por botar terra sobre un parente. Quizais se deba a que ninguén adoita quedar ata o final. Ser enterrador non é un traballo que desexe moita xente. En realidade ninguén o quere, por iso mo deron a min cando cheguei á vila, a primavera pasada. Din que non estou ben, que hai algo na miña cabeza que non marcha como cómpre, que fago e digo cousas raras; en resumo, que estou tolo; pero eu non acabo de comprender onde está o problema. 
En fin, polo menos conseguín emprego, que non é pouco, e aínda que non era apaixonante, dábame para vivir e non me esixía moito esforzo. Esta é unha vila pequena que, ademais, segundo din as estatísticas, ten o récord de lonxevidade de toda Galicia, polo que me daba pouco traballo: arrombar o camposanto e algún enterro esporádico.A xente alcanza facilmente os cen anos en Vilabouta. Talvez sexa a tranquilidade que se respira, ou o clima; vai tanto frío
que todos se conservan mellor. Eu perdín algunha engurra da fronte nas primeiras semanas. Rexuvenecín. Non é broma. 
O caso é que na vila non morre ninguén nin de vello.

1 de abril de 2012

Arte moderno

Ayer, venciendo mi natural tendencia a ver por la tele el partido del Real Madrid, me fui con mi santa a la Casa Encendida de Bankia para contemplar las exposiciones que estuvieran en cartel. Fuimos a ciegas, sin saber lo que nos encontraríamos, pero nos apetecía dar un paseo antes de que se estropee el tiempo, como es habitual cuando llega la Semana Santa.
"Un paisaje holandés" era el título de la primera exposición que visitamos. Al entrar nos topamos con este cartel explicativo que, tengo que reconocer, me provocó cierto dolor de cabeza a la mitad de su lectura y tuve que abandonarla.


Entré en la sala con ese zumbido que va de oreja a oreja (por el camino más corto) que suele ser anuncio de jaqueca. La sala estaba practicamente vacía. Solo una señora, en el centro, admirando una especie de pelotilla de papel gorda. Parecía eso, una pelota de las que hacíamos para jugar al fútbol en el patio del colegio, aunque mi mujer dijo que era una bola del mundo chuchurría. La señora nos preguntó si podía darle una patada. Después de echar un vistazo rápido a las obras que contenía la sala le respondí que mejor que no, no fuera a ser que la liara parda. Lamento no haber sacado una foto de dicha pelotilla pero en ese momento no tenía previsto dejar inmortalizada mi visita a la Casa Encendida con este post. Por cierto, aprovecho para pedir perdón por la mala calidad de las fotos. Las tomé como el nuevo móvil chino que me ha regalado mi operadora y se ve que no es para tirar cohetes en lo que concierne a la fotografía, aunque dice tener tres y pico pixeles.
En suma, que continuamos la ruta por la exposición y nos encontramos conesto:


Alguien se puede olvidar el periódico o incluso las llaves, pero nunca la pasta, ¡con esta crisis!, por lo que dedujimos que se trataba de otra obra de arte.

Después vino esto:


¿El fichero de la Stasi? A estas alturas ya me pleanteaba yo escribir algo en este blog. En principio pensé hacer una especie de post-adivinanza: "¿Diga qué es arte y qué no lo es?" Pero avanzada la visita decidí que sería muy cruel con los amables amigos que me leen.

Sigamos.



El tocadiscos no sonaba pero el brazo iba y venía por el plato. Por un momento pensé que estaban de mudanza y alguien se lo había olvidado, allí en el suelo. En fin, inasequibles al desaliento, continuamos disfrutando de la exposición.

¡Atención, esto es insuperable!


Un folio pegado con celo a la pared. Miramos a un lado y a otro por si se trataba de una explicación a la ausencia de una obra robada que había estado allí. Pero no. La obra de arte era el folio en sí mismo, con su texto en inglés.
Veámoslo más de cerca (pinchen la foto para que se agrande y lean, lean que texto más maravilloso):



¿Sublime, verdad?
Yo a esas horas comenzaba a arrepentirme de no haberme quedado en casa para ver al Real Madrid. Si esto es arte,  las bicicletas de Cristiano Ronaldo, pensaba yo, no lo son menos.

Pero todavía no habíamos terminado la visita.
Antes de salir hallamos esta maravilla:


Sí, es una botella de agua vacía tirada en el suelo. ¿No es genial?

A partir de este momento comenzamos a investigar y a hacer preguntas al personal de la Casa Encendida  (dejemos en el anonimato a nuestros amables informantes para que no les busquen las cosquillas). Alguien nos dijo que el artista de la botella cobra 65 euros diarios por la exposición de su obra. Pero otro nos sopló que casi con seguridad esa no es la botella original porque alguien (quizá los encagados de la limpieza) se la había llevado por error.
Ya ven, 65 euros diarios por tirar basura al suelo. Este Rodrigo Rato es muy espléndido con el dinero de Bankia. Estoy tentado de enviarle mis calzoncillos. Se los dejo por la mitad de precio y puede quedárselos cuando acabe la exposición.
Más generoso, al parecer es el artista del folio en la pared que ha donado (es decir, gratis) la obra para que la cuelguen donde les parezca mejor. Así da gusto, la Casa Encendida se va haciendo con una colección de arte moderno que luego puede ceder al Reina Sofía.
Abandonamos la sala de exposiciones y bajamos al piso inferior. De pronto lo vi. Sí, la mejor obra de arte del día. Le tomé dos fotos.
Esta:


y esta otra desde otro ángulo:


Las estuve admirando un buen rato e incluso busqué la botella robada, pero no la encontré. Tampoco me atreví a tocar el carrito, no fuera a ser...
Visto lo visto decidí crear mi propia obra de arte y le saqué una foto artística a mi santa que santamente soportaba mis devaneos artísticos:


¿Bonita, verdad? Estoy pensando en hacer una docena más y pedirle a Rato que me conceda una exposición en la Casa Encendida.
También saqué esta otra, al final la mala calidad de mi móvil chino le da un toque especial a las fotos, ¿no es cierto?



CINCO PUÑALADAS Y UN DISPARO

¡Zas! ¡Zas! ¡Zas! ¡Zas! ¡Bang! ¡Zas! Expiró aferrado al policía, pensando en sus hijas. No pudo soportar que lo multara por...