24 de enero de 2010

Garcetas en el río Manzanares

Que el río Manzanares a su paso por el casco urbano de Madrid está cuajado de aves marinas, como la gaviota, no es novedad. Hace años que vinieron a instalarse en el "aprendiz de río", como lo denominó Quevedo, y es usual ver a estas aves sobrevolando la ciudad en bandadas, alineadas descansando en las barandillas de los puentes del río o rebuscado entre el cieno para llevarse algo al pico.
Pero lo que no había visto nunca en pleno centro de Madrid es una garceta (o garza o garcilla, que soy profano en la cosa ornitológica). Probablemente los ornitólogos de la capital las tengan registradas también dede hace tiempo, pero jamás había visto ninguna y la que vi hoy, en el tramo del río junto al estadio Vicente Calderón, estaba sola entre cientos de gaviotas.
Salí esta mañana para tomar unas fotos del puente de Toledo para ilustrar un post que quiero escribir aquí sobre el destrozo (el ayuntamiento lo llama rehabilitación o reforma) en la glorieta de Marqués de Vadillo, y la vi revoloteando. Finalmente se posó en el lecho del río, que ni con las fuertes lluvias (está represado) deja de parecer un regato para el riego de huertas urbanas. Y allí se mantuvo un buen rato, con el agua apenas alcanzándole sus rodillas pajareras, inmóvil como una esfinge egipcia, que no cuesta nada imaginarla en el Nilo, rebuscando sapos entre el fango y no en este prosaico Madrid, a escaso cinco metros por encima de la soterrada M-30.


(Pinchar para ampliar la foto)

20 de enero de 2010

Numancia vence a los escipiones del ladrillo


Hace apenas unos días escribía aquí, en la entrada precedente, que los ciudadanos se ven obligados a organizarse para salvar su pasado, ese que quieren robarles munícipes desaprensivos que valoran más la línea recta perfecta de una calle en el mapa que los edificios históricos que deben derruir para conseguir esa perfección propia de mentes obsesivo-compulsivas.
Hoy hemos sabido de una victoria de esos esforzados y humildes ciudadanos que, en lucha desigual, han derrotado (provisionalmente) a los especuladores destructores de la historia, el patrimonio y el medio ambiente.
Se trata de Numancia. Y ha sido con el apoyo de la Justicia, que a veces es justa. Una sentencia judicial ha paralizado el proyecto del ayuntamiento de Soria, apoyado por la Junta de Castilla y León (ambos del PP), de construir un polígono industrial en la zona de influencia del yacimiento arqueológico de Numancia, lo cual supondría un deterioro considerable del parque arqueológico (ver anterior entrada al respecto aquí).
Esta vez los escipiones municipales (que solo tienen de africanos su concepto del urbanismo y la protección del patrimonio) se han ido con el rabo entre las piernas ante la resistencia numantina del pueblo organizado en defensa de su cultura.
Confiemos en que no regresen con refuerzos, que el Imperio es poderoso y sus malas artes, inacabables.

16 de enero de 2010

Los ciudadanos, solos en defensa de su patrimonio

A lo largo de la historia la gente, en lucha desigual, ha tenido que enfrentarse al poder establecido para ir arrancándole poco a poco algunos derechos y mejores condiciones de vida. Los gobernantes —usualmente la nobleza y la iglesia—, ejerciendo un dominio tiránico, explotaban al pueblo y vivían a su costa, ofreciéndole muy poco a cambio, a veces ni siquiera la supervivencia. Eso sucedió prácticamente hasta la Revolución Francesa que desembocó después en los denominados regímenes democráticos. En estos, el pueblo elige a los gobernantes para que lleven a cabo lo que los ciudadanos demandan, para que protejan sus derechos y los defiendan de las tropelías que puedan cometer otros poderes no menos fuertes —como empresas, bancos, grupos de presión, etc—, de otros políticos e incluso de ellos mismos.

Algo no funciona bien últimamente en este sistema democrático nuestro cuando los ciudadanos han tenido que volver a organizarse para defenderse del poder, el mismo que se supone que debería defenderlos.

Esto es lo que ha pasado en Valencia y en Murcia. Los ciudadanos se han organizado contra el poder establecido, pero no para arrancarle más derechos, ni para exigirle mejoras en sus condiciones de vida y asegurar su futuro y el de sus hijos, como ocurría en la Edad Media, sino para que no les roben su pasado. Porque el patrimonio cultural, puesto en almoneda en Murcia y en Valencia por sus respectivos ayuntamientos, es el pasado de esas dos colectividades.

La conservación de los restos de la Murcia árabe —aparecidos mientras se construía un aparcamiento— fue literalmente arrancada por los ciudadanos al poder municipal, empecinado en unas obras que solo llevaban a la destrucción del tesoro. La presión popular obligó (obligar es inducir a alguien a hacer algo en contra de su voluntad) al Ayuntamiento y a la Comunidad de Murcia a conservar el yacimiento arqueológico y a desistir de su empecinada obsesión por obtener rendimiento económico con el dichoso aparcamiento. Pero el Ayuntamiento se limitó a cubrirlos desidiosamente con lonas y a dejarlos abandonados. Tanto es así que las copiosas lluvias caídas en los últimos días han destruido, según los expertos, el 20 por ciento del hallazgo. La indignación ha sido grande y la sospecha de que se trate de dejadez intencionada no se disipa fácilmente.

El caso del Cabanyal valenciano, es, más sangrante. El Ayuntamiento se empeña en que la avenida Blasco Ibáñez desemboque en el mar, como si se tratara de un nuevo río Turia. Para ello quiere derribar una gran parte del barrio típico de pescadores del Cabanyal, que se interpone en el camino. Rita Barberá, la alcaldesa, arremete como un rinoceronte ante todo lo que se le interpone y no tiene en cuenta que dicho barrio es un bien protegido, que tiene valor artístico, histórico y cultural porque sus casas son un bello ejemplo de estilo modernista, algunas del siglo XIX.


De nada sirve la decisión del Ministerio de Cultura, que a petición del Tribunal Supremo, se pronunció por la paralización de las obras por considerarlas un expolio del patrimonio, tampoco importa que instituciones como el Consejo Superior de Colegios de Arquitectos de España, la Real Academia de la Historia o por el Museo Nacional de Cerámica González Martí hayan pedido la paralización del proyecto.

Al contrario, el pronunciamiento del ministerio a hinchado la vena del gürteliano Francisco Camps, presidente de la Comunidad Valenciana, que está dispuesto a apoyar a su correligionaria Rita.

Alegan las autoridades municipales y no pocos ciudadanos, que la zona está degradada, que es un foco de delincuencia, de suciedad y de marginalidad. Y es verdad, probablemente. Pero eso ¿por qué ha ocurrido? Porque las autoridades lo han permitido. Porque los gobiernos municipal y autonómico han preferido derrochar millones de euros en Copas Américas de vela y en carreras de Fórmula Uno en lugar de en proyectos sociales y de rehabilitación, mucho más necesarios. Se han comportado como el casero mezquino que para librarse de su inquilino deja que el inmueble de deteriore hasta la ruina porque quiere vender el solar. Eso es lo que busca el ayuntamiento de Valencia, dejar el Cabanyal en un solar listo para la especulación.

Murcianos y valencianos, como antaño, se aprestan a luchar contra sus tozudos dirigentes, que se niegan a renunciar a sus personales proyectos faraónicos donde al final puedan poner una placa con su nombre. La diferencia con la Eda Media es que ahora la gente tiene instrumentos eficaces para impedirlo: la opinión pública, en primer lugar, y las elecciones como solución final.