19 de noviembre de 2017

NUEVA ORLEANS, 10 AÑOS DESPUÉS DEL KATRINA

Ha pasado una década y la ciudad se ha puesto en pie y ha recuperado el pulso que quedó interrumpido de pronto por el huracán más devastador que se recuerda.

Nueva Orleans es una ciudad nueva y al mismo tiempo la misma que desde su fundación ha luchado denodadamente contra el agua, el viento, el clima y su propio paisaje.
Las cicatrices quedan y se pueden ver fácilmente en muchos puntos de la ciudad, en unos barrios más que en otros, pero la catástrofe la ha robustecido, aun a costa de mil quinientas muertes y millones de dólares en pérdidas.
He tenido ocasión de visitar Nueva Orleans este mes de agosto, durante una semana, y he podido comprobar el trauma causado por el Katrina, pero también que, diez años después, es de nuevo una ciudad muy próspera impulsada por sus dos grandes industrias principales: los astilleros del río Misisipi y el turismo. Por ese orden. Dispone de uno de los puertos más grandes de Estados Unidos y los muelles más extensos del mundo, con ochenta kilómetros, la mayoría de ellos en el río Misisipi, el que le da la vida y también la quita de vez en cuando.
Tuve la suerte de contar con un guía excepcional, Juan, un salvadoreño de 71 años que lleva veinte en la ciudad. Es un ingeniero agrícola que tenía una situación próspera en su país, en la industria azucarera, hasta que se arruinó y se marchó a Estados Unidos con lo puesto, como él dice. Hoy trabaja en una empresa de turismo, atendiendo a los hispanos que visitamos la ciudad, aunque Juan dice que esto para él es un placer y no un trabajo.
A bordo de su furgoneta, Juan me enseñó el mapa del desastre y me explicó, con sus grandes conocimientos de la materia, cómo se produjo en desastre del Katrina. Cuenta que la ciudad no se anegó por el desbordamiento del río, ni por la lluvia ni la tormenta del Katrina, sino por la rotura de los canales que extraen el agua del subsuelo. Nueva Orleans está construida sobre el descomunal delta del Misisipi, un terreno pantanoso en el que al agua aflora por capilaridad. Para evitar las inundaciones constantes por la elevación continua del nivel freático, se instalaron enormes bombas que sacan el agua del subsuelo y la conducen a grandes canales, algunos de los cuales discurren por encima del nivel del suelo. Los canales desaguan en el lago Pontchartrian y de este, al mar.
Lo que sucedió con el Katrina es que se rompieron esos canales en algunos puntos, vertiendo millones de litros de agua a las calles, lo que inundó el ochenta por ciento de la ciudad. Según Juan, de no haberse roto los muros de los canales, el Katrina habría pasado como un huracán más, con los daños habituales por el viento huracanado.
Las autoridades habían avisado de que se evacuara la ciudad pero no todos hicieron caso. “¿Cómo dicen ustedes en España eso de que viene el lobo?”, pregunta Juan. Lo habían anunciado tantas veces sin que pasara nada que en esta ocasión la pagaron caro quien ignoraron los avisos.
Juan se fue el domingo con su familia y el huracán golpeó el lunes. Pasó dos meses fuera de casa siguiendo las noticias desde un hotel en Houston.  Lo primero que sorprende en el relato de Juan es la falta de un programa de evacuación de la gente. Él asegura que se evacuaron hospitales, asilos y centros similares, pero no a la gente corriente. “En este país hay que tener carro o no eres nada. Sin carro no puedes tener ni trabajo, a no ser que lo tengas junto a la casa”.
En resumidas cuentas, que quien tenía coche se fue y quien no lo tenía (Juan dice que todos tienen aquí), se quedó.
Otra pregunta que surge es ¿de qué vivió Juan dos meses en un hotel de Houston, sin poder trabajar? Cuenta, sin embargo, que a los pocos días recibió un cheque del Gobierno Federal de 4.800 dólares y poco después, otro por la misma cantidad. Y el día que fue a pagar el hotel le dijeron que ya estaba abonado por el Gobierno. Estos cheques, a fondo perdido, le llegaron porque, siguiendo las recomendaciones del Gobierno, se inscribió en una especie de registro de personas afectadas. Solo tuvo que dar su nombre y el hotel en el que se encontraba.
Fue la Agencia Federal para la Gestión de Emergencias (FEMA, por sus siglas en inglés) la que adelantó este dinero sin reparar en gastos, quizá porque la Administración de George W. Bush tenía remordimientos de conciencia por la lentitud con la que actuó.
Cuenta Juan que cuando la gente se enteró de que “regalaban” dinero, muchos se apuntaron a ese registro, incluso desde fuera de Nueva Orleans. A todos les enviaron un cheque ya que la urgencia no permitía comprobaciones, pero hoy día todos aquellos que cobraron de forma fraudulenta están encausados en procesos penales. El Gobierno trabajó lento pero seguro, sobre todo a la hora de verificar a quién fueron a parar los fondos.
El agua dejó aisladas a muchas personas durante varios días, sin agua, ni luz, ni alimentos. Fue esta gente la que asaltó los supermercados, pero, en su opinión, no fue (salvo excepciones) con ánimo de saqueo sino para sobrevivir.
Hoy, diez años después, la ciudad tiene un pulso impresionante, en la que los negocios, la industria y el arte vuelven a vibrar como en cualquiera de las grandes ciudades norteamericanas. Nueva Orleans es un centro de convenciones de gran importancia; tiene muchos museos, dos de ellos de primer nivel, el dedicado a la Segunda Guerra Mundial (en estos astilleros se construyeron la mayoría de las lanchas de desembarco del día D) y el de Arte (NOMA); las galerías de arte abarrotan la Royal street; los barcos de ruedas que describió Mark Twain navegan por el río repletos de turistas que cenan entretenidos por bandas de jazz; en los bayou (ríos entre los pantanos: swamp) se exhiben la fauna de los pantanos: con los aligátor (gators, para los de la casa), garzas, serpientes, nutrias, tortugas…
Pero el espectáculo mayor está en las calles, con la proliferación de bandas, músicos ambulantes, intérpretes de esquina y todo tipo de artistas musicales que  abarrotan la ciudad, en especial en los barrios francés (French Quarter) y el colindante de Faubourg Marigny, también conocido por el nombre de su calle principal, la Frenchmen street. Nueva Orleans es la cuna del jazz y de Louis Armstrong, nombre que lleva su aeropuerto internacional.
La Frenchmen st. y la Bourbon st. son las calles emblemáticas de la música de la ciudad. La segunda, en pleno barrio francés, más frecuentada por los turistas, es un escaparate de clubes con música en directo, bares, pizzerías y locales para adultos que cada noche se conjuran en perfecta armonía para acoger a todo el mundo. Es fácil ver borrachos tirados en el suelo o gente brindando en los balcony (herencia española) de los garitos. Pero siempre con respeto absoluto al prójimo.
Tras el Katrina, Nueva Orleans se convirtió  en una ciudad violenta, con un incremento brutal de los índices de criminalidad, pero hoy día, diez años después, es una urbe tranquila y también muy vigilada. Dice Juan que el turismo es la segunda industria de NOLA (así la llaman ellos) y las autoridades se preocupan mucho para que no haya delincuencia. También se dice que es peligroso aventurarse solo en los famosos cementerios, incluso Juan me dijo que solo se podían visitar el grupo organizado. Pero yo estuve un domingo por la mañana en el de Lafayette y no había el menor peligro.
Es cierto que hay muchos homeless (sin techo) que deambulan por las calles, piden limosna o cantan y tocan algún instrumento. Esto es debido, según mi guía, a que muchos de los obreros que acudieron para la reconstrucción, cuando acabaron las obras se quedaron aquí, sin oficio ni beneficio, enganchados a la vida hedonista que supura por cada poro de la ciudad. No en vano también la llaman Big Easy, por su supuesta vida fácil.
Nueva Orleans es una ciudad de fuertes contrastes, donde conviven un barrio francés de diseño dieciochesco, con edificios de dos plantas y balcones de rejas de origen español, un centro financiero con rascacielos y un District Garden de cuento de hadas, con mansiones coloniales semejantes a las que vimos en Lo que el viento se llevo. De hecho, aunque la famosa película transcurría en Atlanta, en Nueva Orleans han construido una réplica exacta de la casa de Tara, la plantación del filme.
Y todo esto en agosto, en temporada baja, porque el momento cumbre de la Ciudad del Vudú es el Mardi Gras, el martes de carnaval, cuando NOLA se pone realmente del revés.

LOS GUETOS UNIDOS DE SAN FRANCISCO

Decía un profesor mío de la facultad de Periodismo que Estados Unidos podría muy bien llamarse los Guetos Unidos debido a la diversidad de grupos raciales y nacionalidades que conviven allí, perfectamente agrupados por barrios y en gran armonía.

San Francisco es el paradigma de esta concepción de país formado por aluviones de inmigración perfectamente ordenada, colocada en la geografía de la ciudad como contenedores en un barco mercante.
Los barrios chino, japonés,  italiano, hispano, el gay, el hippie… allí todo el mundo tiene su espacio perfectamente delimitado. Bueno, como sucede en otras ciudades norteamericanas, uno de los contenedores, el de Chinatown, siempre está abierto para que sus miembros invadan lentamente las calles fronterizas, en este caso las del italiano, que mengua en San Francisco igual que en Nueva York devorados por el empuje amarillo.
Pero san Francisco es mucho más que una acumulación de nacionalidades bien avenidas. Es un una gran ciudad pujante, con una enorme actividad cultural y económica, mimada por el turismo y con un clima envidiable, con temperaturas sin grandes extremos. Tiene toques hípster y un puntito de europea, consciente de su peculiaridad dentro de la gran amalgama que son los Estados Unidos. Y muy cara, aunque merece la pena hacer el esfuerzo por conocerla.
Es una ciudad fácil, pese a su enorme tamaño, con buenos servicios públicos, extraordinaria gastronomía y muy andariega aunque con fatigosas cuestas.
Pero también es la ciudad de los mendigos. Es fácil verlos deambular por la calle, sin meterse con nadie, con el gesto perdido, ausentes, y a veces, pidiendo. Alguien me dio una explicación que no acabo de creerme sobre la proliferación de gente sin hogar en esta ciudad. Al parecer, la mayoría son toxicómanos a los que el  Ayuntamiento les paga quinientos dólares mensuales, cifra que cubre sobradamente sus necesidades vitales, lo que, unido a su clima benigno, provoca un efecto llamada. A cambio de la remuneración, han de someterse a un tratamiento de desintoxicación que los deja como zombis. Ese tratamiento cada vez es más fuerte hasta que acaba con ellos. De ser cierto, sobre lo que tengo muchas dudas, el método sería digno de la Alemania nazi.
Pero de lo que no cabe duda es de que pese a la gran masa de gente sin hogar que habita en los barrios centrales de San Francisco, no se ven altercados, ni asaltos, ni riñas. El turista puede sentirse seguro pese a que siempre rondan las entradas de los hoteles y puede vérselos agrupados tirados por el suelo en la céntrica Market street, los jardines del ayuntamiento o en el borde este del Golden Gate Park, justo en el inicio del barrio hippy, frente al comienzo de Haight st. No suelen molestar a nadie porque bastante deben tener con sus ensoñaciones, pero el miedo es libre y siempre hay gente de bien asustadiza que siente como una amenaza su sola cercanía.
La minoría más numerosa es la china. Tanto es así que el alcalde, Ed Lee, pertenece a esta comunidad. Chinatown es uno de los barrios más visitados, no solo por los turistas, sino por los propios sanfranciscanos de origen chino que viven fuera del gueto. Los sábados por la mañana, los autobuses que circulan por la avenidas Grant y Stockton, los ejes viarios que vertebran Chinatown, van llenos de gente de raza oriental que acude al gueto con el carro de la compra. Si este barrio es populoso de por sí, el sábado por la mañana está atestado, aunque merece la pena pasearlo con calma y disfrutar observando la enorme actividad comercial que tiene. La calle Grant es la más típica, la más turística, con predominancia de tiendas de regalos, electrónica y demás artículos para los turistas. Stockton es más auténtica, con mercados y tiendas de alimentación de todo tipo, en muchas de las cuales, la sola contemplación de los productos que exhiben en los estantes es fácil que revuelva más de un estómago europeo.
Llama la atención en el barrio chino la proliferación de templos de iglesias cristianas, de esas sectas de larguísimos nombres que se extienden por la geografía norteamericana al albur del luteranismo dominante. Naturalmente, estos edificios, encastrados entre restaurantes y tienda de regalos, tienen un diseño oriental que choca al visitante occidental, que tiene otra idea más clásica de lo que es una iglesia cristiana.
Chinatown crece hacia el norte lentamente, comiéndole espacio a Little Italy, el barrio italiano, que, como si temiera la invasión amarilla, marca su territorio con banderas tricolores pintadas en las farolas. Washington Square es territorio italiano. Allí está la catedral de San Pedro y San Pablo, el templo católico por excelencia, donde Marilyn Monroe y Joe DiMaggio se hicieron las fotos después de casarse en el Ayuntamiento de la ciudad. Ambos habían estado casados previamente por la Iglesia por lo que debieron conformarse con una boda ante un juez y las fotos en la puerta de la catedral.
Pero este es también el lugar favorito de los chinos, omnipresentes chinos, para practicar tai-chi. A todas horas puede vérselos, organizados en escuadrones uniformados con chándal, practicando su ejercicio favorito al ritmo de sones orientales salidos de un aparato de música que colocan en alguna de las esquinas de la plaza, ante la mirada indiferente de los homeless, que también abundan por aquí reivindicando su condición de paradójico gueto sin territorio en el que asentarse, expandidos por toda la ciudad, con predilección por las zonas verdes que les sirvan de acomodo para pasar la noche o sestear al sol.
En el barrio Hippie hay de todo. Desde auténticos restos vivientes de los años sesenta y setenta, que se mantienen cual dinosaurios fuera de tiempo, hasta los nuevos aspirantes que subsisten vendiendo todo tipo de artesanía, pasando por los hippies de pega, esos que se colocan los atuendos pertinentes para hacer la calle hasta el límite de Masonic Avenue, y luego regresar a sus casas como el que vuelve del trabajo.
El barrio gay, Castro, cada día más próspero y relevante, es uno de los mejor organizados. Se agrupa en torno a la calle Castro, con su histórico teatro del mismo nombre y la tienda de fotografía del activista por los derechos de los homosexuales Harvey Milk, hoy convertida en centro de actividades culturales. A la salida del Metro de Castro es posible encontrarse con una mesa informativa, en la que algunos voluntarios informan de las excelencias del barrio, los lugares visitables y los rincones más bellos. No perderse los curiosos pasos de cebra pintados con los colores arco iris de la bandera homosexual.
Casi colindante con este gueto del mundo gay está Mission District, el barrio hispano, uno de los más populosos y bullangueros de San Francisco, construido alrededor de la misión patrocinada por fray Junípero Serra (recientemente canonizado por el papa Francisco), conocida hoy como Misión Dolores y que se mantiene en pie desde su construcción, 1776, y que resistió incluso al terremoto de 1906. No obstante, la misión, llamada de San Francisco de Asís, fue fundada por dos franciscanos que llegaron en descubierta con el explorador español José Joaquín de Moraga, cuyo cuerpo reposa hoy en el lugar principal de la capilla.
En el barrio hispano, además de pasear por sus calles, de indudable sabor latino, no hay que perderse el Dolores Park, la misión que da nombre al lugar y los murales o grafitis del callejón Clarion, donde los artistas locales han dejado en las paredes constancia de su indudable arte con el spray.
El Japantown, más al norte, es un gueto más recogido y reconcentrado, más
propio del carácter japonés. Pequeño pero de indudable interés, hay que detenerse un rato en la Pagoda de la Paz, un regalo de Osaka, y a derecha e izquierda, centros comerciales muy particulares con muchos restaurantes donde tomar sushi a buen precio.
Pero los guetos no son más que una parte, y no la más grande, de San Francisco. Los barrios están enhebrados por otro conglomerado de lugares y monumentos que conforman un todo espectacular que convierten la ciudad en una de las más interesantes de visitar en Estados Unidos.
No olvidemos el archiconocido y siempre brumoso puente Golden Gate, que no es el más largo de la bahía, precisamente, y al que es tradición acudir en bicicleta alquilada; la impresionante Roca de Alcatraz, presidio en el que estuvo encerrado Al Capone y hoy convertido en un museo que es uno de los principales reclamos turístico; los muelles, con el famoso Pier 39,con su infinidad de restaurantes y sus plataformas flotantes para los leones marinos; el distrito financiero en el que destaca el rascacielos más alto de la ciudad, el Transamerican Pyramid, visible desde casi cualquier punto; las calles cuajadas de galerías de arte; los museos, como el De Young; el parque Golden Gate con su espectacular Jardín Botánico; las famosas colinas Twin Peaks, el punto más elevado de la ciudad desde donde es posible contemplar bellas panorámicas, o Lombard street, la famosa calle en cuesta haciendo zigzag en la que hasta los conductores de los coches que bajan van haciendo fotografías.
En suma, una ciudad para pasear y para descubrir, no para contarla. Y recuerda, si no subes en un tranvía (no es necesario que lo hagas en el carísimo -7$-  y turistico cable car) y no pruebas los crabcakes (en Scomas, sin duda alguna), no has estado en San Francisco.

DIEZ RAZONES PARA VISITAR NUEVA ORLEANS

Nueva Orleans es una de las ciudades más fascinantes del mundo y también de las más turísticas de Estados Unidos, pero resulta bastante desconocida para los españoles.


Estas son diez buenas razones para visitarla aunque no precisamente por el mismo orden:

1.- Por su música. Aquí nació el jazz y es la ciudad natal de Louis Armstrong aunque el famoso músico no está considerado el creador de este tipo de música. En Nueva Orleans, la música se vive en cada rincón de la ciudad a todas horas y está cuajada de locales con música en directo de todo tipo, como el Tipitina's, el Blue Nile o el Preservation Hall. La música está en el ADN de la ciudad.

2.- El Barrio Francés (French Quarter).- Es el núcleo central de la ciudad, donde nació en 1717, pero, aunque parezca un contrasentido, el barrio francés es español en realidad. Sus edificios y sus típicas balconadas son obra hispana ya que se construyeron en la época de dominio español, entre 1766 y 1804, después de que varios incendios destruyeran el barrio original, alzado básicamente en madera. También es de origen español la catedral, el presbiterio, el cabildo y otros edificios importantes.

3.- El Garden District. Rivaliza en belleza con el barrio francés.- Está formado por lujosas mansiones en su mayoría del siglo XIX, muchas de ellas anteriores a la Guerra de Secesión, de indudable sabor colonial.

4.- Una cena con orquesta de jazz en un barco de palas por el río Misisipi.- Navegar por el legendario río Misisipi en un barco impulsado por palas de aquellos que describió Mark Twain en sus novelas es una experiencia inolvidable. Si, además, se disfruta de una cena criolla amenizada con una orquesta de jazz o ragtime, las sensaciones alcanzarán la categoría de sublime.

5.- Sus cementerios.- La situación de Nueva Orleans, en el fangoso delta del Misisipi y en algunas zonas bajo el nivel del mar, hacía que en ocasiones el agua subiera y desenterrara los cadáveres, creando no solo un problema de salubridad, sino también un impacto psicológico y emocional muy fuerte en la población. Por ello, en tiempo de la colonia española se ordenó que las inhumaciones se hicieran sobre piedra, en nichos o criptas, nunca bajo tierra. Ello dio origen a cementerios muy particulares a los que el vudú y las prácticas mágicas llegadas de Haití a partir de 1804 les dieron un aire fantasmagórico que aún persiste. Los cementerios de San Luis y Lafayette son de visita obligada.

6.- Visitar los bayou y los pantanos para ver aligators.- El delta del Misisipi es una red de canales, ríos y pantanos de miles de kilómetros cuadrados que fue nido de piratas y ahora es el paraíso de una variada fauna, en especial de reptiles y aves. El rey es, sin duda, el aligator o caimán del Misisipi, atracción que no defrauda a los turistas que se embarcan para verlos en su medio natural.

7.- El Museo de la Segunda Guerra Mundial.- En los muelles del río Misisipi, los más extensos del mundo, se construyó el 93 por ciento de las 14.000 lanchas de desembarco que se usaron el 6 de junio de 1944 en el desembarco de Normandía, el famoso día D. Por eso el más grande museo de la Segunda Guerra Mundial se instaló aquí por decisión expresa del presidente Eisenhower.

8.- La gastronomía.- La cocina de Nueva Orleans es la más variada de los Estados Unidos al conjugar los platos de culturas tan importantes en este campo con la francesa, la española, la norteamericana y la caribeña. La cocina cajún y la criolla es de una exquisitez digna de los mejores paladares. Aquí está uno de los restaurantes más importantes del país: Commander’s Palace.

9.- El vudú y las historias de fantasmas.- El vudú llegó a Nueva Orleans procedente de Haití hacia 1804 con los exiliados de la revolución de los esclavos negros liderada por Jean Baptiste. La nueva religión arraigó entre la población de color de la ciudad y aún hoy, dos siglos después, sigue viva. Figura destacada es la denominada reina del vudú Marie Laveau, una mujer cuya tumba, en el cementerio de San Luis, es visitada todavía por sus adeptos. Quizá debido a esta afición de sus gentes por lo mágico y sobrenatural sean debidas también las historias de fantasmas que perviven en el imaginario popular, entre ellas algunas relacionadas con algún monje español.

10.- Su Carnaval. El Mardi Gras.- Por supuesto, el gran carnaval de Nueva Orleans y principal atracción turística de la ciudad. De hecho, la temporada alta aquí no es en verano, como en el resto de los Estados Unidos, sino en época de carnaval. Es un espectáculo sin igual asistir a los desfiles de las comparsas y el ambiente lúdico en el que se sumerge Nueva Orleans durante esta fiesta, la más esperada por sus gentes.
Todas estas razones y muchas otras se encuentran en mi guía de viaje Nueva Orleans. The Big Easy, que está en la librería de Amazon.



JAPÓN, LA OBSESIÓN POR EL TRABAJO, LA HIGIENE Y LA PRECISIÓN

Si a usted le invitan a una boda en Japón, no le extrañe que, en la mesa nupcial, en lugar preferente, por delante de la familia de los novios, esté el jefe de alguno de los contrayentes, preferiblemente de él. Y que a los postres tome la palabra para hacer una loa de su empleado más eficiente.

Porque el trabajo es lo más importante en la vida de los japoneses y la empresa, una gran familia a la que no se puede defraudar. De hecho, es habitual que la semana de vacaciones pagadas que tienen al año (sí, solo siete días) no se la tomen nunca por «el qué dirán» de los compañeros. Tampoco se negarán a ir de copas para emborracharse con el jefe al terminar la jornada laboral. No saben decir que no, y menos si se lo pide el jefe. Con la curda acuestas reemprenderán el regreso a casa, una o dos horas de metro o tren dios mediante. Si no les compensa regresar a dormir a su domicilio, pueden quedarse en alguno de los hoteles cápsula que por el módico precio de 50 € abundan en las grandes ciudades niponas. Los hoteles cápsula son una especie de nichos en los que se puede dormir cómodamente y de paso se tiene la sensación de que has sido almacenado como un robo obrero a la espera de que vuelva a abrir la fábrica.
El Gobierno procura que los 14 días festivos que tiene el país a lo largo del año caigan en viernes para que los sufridos salaryman puedan disfrutar de tres días seguidos de asueto.
Es probable que esos días libres que rehúsan tomarse por no ser mirado mal por los compañeros, sirvan para cubrir los días de baja cuando la enfermedad se presenta. La sanidad es privada, el seguro cuesta unos 300 € mensuales y cuando van al hospital han de pagar el 30% del costo y las medicinas.
Apenas tiene paro. Hay empleo para todos. La cifra del 3% de desempleo que figura en las estadísticas oficiales, dicen, no es real, porque una parte importante de esos trabajadores no están en paro sino en trámite de cambiar de empleo. Un joven que se incorpora por primera vez al mercado de trabajo en una empresa mediana cobra unos 1.800 € el primer mes y tiene muchas posibilidades de haber doblado esos emolumentos al cabo de diez años de trabajo. Aunque es cierto que también hay mucho trabajo temporal para estudiantes y jóvenes que solo quieren sacarse algo para sus gastos. Es habitual que las tiendas tengan en la puerta a jovencitas pregonando con voz aflautada las excelencias de sus productos, desde heladerías hasta tiendas de manga.
Con estos mimbres no es extraño que Japón se transformara en una gran potencia cuando se abrió al mundo a finales del XIX y que se recuperara de forma tan milagrosa tras la derrota de la Segunda Guerra Mundial hasta convertirse, hoy, en la tercera economía del planeta.
Las calles de las grandes ciudades, incluida la capital, Tokio, la urbe más poblada de la Tierra, están limpias como la patena a pesar de que no hay papeleras. Al contrario que en España, si no encuentran dónde depositar un papel o una botella, se la llevan a casa. Jamás tiran nada al suelo. «La basura, en casa», reza un dicho del país. Los residuos urbanos se recogen en días determinados, que son el momento en el que el ciudadano ha de sacar su bolsa de basura a la calle: los lunes los plásticos, los miércoles, la materia orgánica… Nada se desperdicia y después de el pertinente reciclado, los desechos sirven para construir (o ampliar) islas artificiales, como la moderna Odaiba, frente a Tokio.
El país funciona como un reloj gracias a sus modernas infraestructuras de transporte. El tren bala recorre el país de norte a sur a casi 300 kilómetros por hora y con una frecuencia de paso de tres minutos.  El metro y el tren metropolitano son de una eficiencia y puntualidad inigualable en Europa. Exigencias necesarias para mover una masa humana enorme que se concentra en las grandes ciudades, ya que el 70% del territorio es montañoso e inhabitado.
Destaca también el relativismo religioso fruto de sus creencias ancestrales, basadas en el sintoísmo, una especie de animismo con gran carga simbólica, que fue enriquecido después por el budismo que penetró desde China.
Hoy día, los japoneses, muy supersticiosos, apenas distinguen entre las dos religiones, cuyos ritos y liturgias se entremezclan y conviven de forma ejemplar. Aunque los templos budistas están separados de los santuarios sintoístas, es fácil encontrarlos muy cerca, pegados incluso. Un dicho asegura que los japoneses nacen sintoístas y mueren budistas (les gustan más estos ritos funerarios), aunque se casan como cristianos. En realidad, estas bodas son una pantomima ya que la mayoría de las veces (en un país con solo el 1% de población cristiana) el cura es un tipo disfrazado.
De modo, que ya lo sabe, en esa boda a la que asista, deberá agasajar al jefe de la pareja, pero no termine de fiarse del sacerdote.


CUANDO EL MUNDO NOS PREGUNTA: ¿QUÉ MÁS QUERÉIS?

Como dijo un afamado dramaturgo, “en el teatro cualquier cosa puede servir para cualquier cosa”.*

Eso es lo que sucede con La cocina, la obra de Arnold Wesker que el Centro Dramático Nacional pone en escena en el Teatro Valle-Inclán, en la que la cocina de un restaurante para un millar de comensales simboliza el mundo y sus miserias en una época crucial para la humanidad: la posguerra de los años cincuenta.
En esa cocina, que el autor ubica en Londres, trabajan cocineros, camareros, pinches, reposteros y demás oficios de la restauración, pertenecientes a varios países (Inglaterra, Irlanda, Francia, Alemania, Grecia, Chipre, Italia…) en una especie de trasunto del mundo y sus nacionalidades.
Aunque está ambientada en 1953, La cocina se convierte en una alegoría de lo que fue Europa en vísperas de la II Guerra Mundial, un avispero de intereses que desembocaron en el conflicto bélico.
La obra, pese a ser coral con un elenco de 26 actores de primer orden, se fija especialmente en la relación sentimental entre un cocinero alemán (Xabier Murua) y una camarera francesa (Silvia Abascal), que a lo largo del espectáculo (una jornada en el restaurante con su comida y su cena) se enfadan y reconcilian cinco veces, hasta el desenlace que todos podíamos imaginar.
Al final, es el dueño del restaurante (Luis Zahera), un decrépito italiano con aspecto de capo de la Camorra napolitana que se nos presenta como un explotador, el que regaña a sus trabajadores con una paternalista filípica que culmina con un ¿Qué más queréis? que repite varias veces hasta que se apagan las luces. Es el mundo que nos abronca por nuestras ambiciones incongruentes y nuestro egoísmo.
De telón de fondo de la acción en el restaurante, el acuerdo internacional suscrito en 1953 para condonar la deuda de una Alemania arruinada y derrotada, causante de dos guerras mundiales. Recomiendo especialmente la obra a Angela Merkel y a todos aquellos que atornillan a Grecia, por ejemplo.
En cuanto la puesta en escena, es una de las más complicadas y espectaculares que pueden verse hoy en día en los teatros españoles. Concebida como espectáculo circular (el público rodea el escenario) gracias a la versatilidad del Valle-Inclán, 26 actores de las 17 comunidades españolas interactúan sin parar por todo el espacio escénico sin que ninguno de ellos se encuentre nunca con tiempos muertos. La labor del equipo artístico y de Sergio Peris Mencheta, autor de la versión y director, es sobresaliente al haber sabido conjungar a tantos actores al mismo tiempo.
Además, durante la obra se producen dos peculiares mannequin challenge, esa práctica que hace furor ahora en internet que consiste en grabar un vídeo con todos los personajes completamente parados, como si fueran estatuas.
En La cocina no se trata de un mannequin total. La acción de repente se pone a cámara lenta o casi detenida, con los actores prácticamente inmóviles. Cada uno de los mannequin tiene objetivo muy diferente. En uno de ellos podemos contemplar con claridad la cobra que, sin ser Chenoa ni Bisbal, le hace la camarera francesa al cocinero alemán, acto que hubiera pasado desapercibido para muchos espectadores en el maremágnum de una cocina a pleno rendimiento.
El otro es el choque entre el mozo chipriota (Ricardo Gómez) y una camarera, que acaba con todos los platos de sopa por el suelo. El momento es espectacular porque la escena se detiene justo cuando ambos empleados contactan y se mantiene estática durante varios segundos.
El momento culminante de la obra, sin embargo, desde el punto de vista escénico, es la hora punta de la comida, con los 26 actores cruzándose, corriendo, llevando platos, fregando, encargando las comandas, gritando el ¡Oído cocina! bajo la dirección de un chef (Roberto Álvarez) bastante pasota. El espectador, además de admirar la increíble coreografía, puede volverse loco si quiere verlo todo.
Dos horas y cuarto de espectáculo -en el que no faltan números musicales- que se hace corto si no fuera por la dureza de las sillas plegables del teatro, que son capaces de aplanar el más mullido de los traseros.

*En realidad, la frase es mía pero queda más elegante si se cita a un clásico.

3 de octubre de 2017

DE MUSEOS Y CANALES POR ÁMSTERDAM

En Ámsterdam concluye mi última novela, El precio de la codicia, un relato que explica en clave de thriller la crisis económica que ha arrasado España, Europa y gran parte del resto del mundo.

Es el colofón a un periplo por varias ciudades del mundo (Nueva York, Londres, París, Moscú, Berlín, Seúl…) y que expresa también mi deseo de cómo me hubiera gustado que se resolviera la crisis: con el castigo de los malos.
Desgraciadamente, la vida no tiene nada que ver con las novelas (es peor) y Ámsterdam no fue escenario de la derrota de los corruptos. Pero sirve de magnífica excusa para emprender una excursión por una de las ciudades más bellas y peculiares de Europa. De hecho es un gran placer descubrirla caminando, en bicicleta -vehículo que es el rey de la ciudad- o navegando sus canales, no en vano se la conoce como la Venecia del Norte.
En una visita rápida de fin de semana para ver lo mejor, no puede obviarse el Rijksmuseum, una joya recién restaurada por arquitectos españoles y con un contenido  tan variado como interesante, aunque predomina la pintura del XVII, el Siglo de Oro holandés, con obras de autores tan destacados como Johannes VermeerFrans Hals y, por supuesto, el genial Rembradt. Precisamente, una de sus obras, Ronda de noche (1642), es la estrella del museo,  algo así como la Gioconda en el parisino Louvre, siempre con decenas de admiradores disfrutando de su contemplación. Pero yo me quedo con otro cuadro muy parecido en su temática:  La compañía del capitán Reijnier Reael y el teniente Cornelis Michielsz Blaeuw, de Frans Hals y Pieter Codde. Amas representan grupos de milicianos de los Países Bajos y son pinturas muy similares al cuadro de Velázquez La rendición de Breda (vulgarmente de las lanzas).
Precisamente tuve el placer asistir hace unos años a la comparación de ambas obras (el de Velázquez y el de Hals/Codde) en una exposición, con pase nocturno, en el Museo del Prado.
En el Rijsk se conserva también un cuadro de Francisco de Goya, el retrato de Ramón Satué, el único que hay en Holanda del pintor de Fuendetodos. En 2011, gracias a los rayos X se descubrió que bajo esta imagen había otra de un general napoleónico que probablemente pintó bajo la ocupación francesa y que tras la salida de España de José Bonaparte, Goya se apresuró a reutilizar para retratar a Satué, no solo por ahorrar lienzo sino para tapar este tr
abajo poco patriótico a los ojos de la administración del Rey Felón, Fernando VII, que ocupó el trono de España tras la caída de Napoleón.
No hay que perderse tampoco una de las obras más delicadas que contiene: La Lechera (1660), de Johannes Vermeer.
Pero en el Rijksmuseum no solo hay pintura, también una buena colección de instrumentos musicales, joyas, armas, elementos de la época nazi (como un curioso ajedrez) , maquetas de barcos, miniaturas, etc, además de disponer de una magnífica biblioteca obra, como todo el edificio, de Pierre Cuypers.
Este arquitecto fue el autor del peculiar edificio, inaugurado en 1885 con una peculiar galería que permite atravesarlo y donde además de estar situadas las entradas al museo, sirve de plataforma para los músicos callejeros que obtienen una magnifica resonancia para sus notas.
La galería, lugar de paso para las bicicletas que inundan Ámsterdam, tiene su explicación en que este lugar siempre fue considerado uno de los accesos principales a la ciudad, por lo que es el mejor pórtico de entrada para el visitante.
Vincent Van Gogh fue un gran admirador de Velázquez y también alabó el mencionado cuadro de la Compañía del capitán Reijnier. Y precisamente el museo dedicado al genio de la oreja cortada es el siguiente paso en esta visita exprés a Ámsterdam. Está al lado del Rijksmuseum por lo que puede verse en el mismo día, uno por la mañana y otro por la tarde.Naturalmente, posee la mayor colección del mundo de obras de Van Gogh, e incluye algunas tan conocidas como El dormitorio de Arlés o uno de los tres Girasoles que pintó.
Y entre museo y museo, un paseo por los canales para ver la ciudad desde otra perspectiva. No se pierdan la estación central
con su fachada y el espectacular vestíbulo, además de su imponente aparcamiento para bicicletas. Si tiene suerte, desde las dársenas donde se toma el autobús, podrá ver la entrada de algún gran transatlántico guiado por el botecito del práctico del puerto. Pasarán también ante la fachada de otro gran museo, la delegación que tiene en Ámsterdam el Hermitage de San Petersburgo.
Una vez a pie, merece una visita nocturna el Barrio Rojo, para ver los escaparates en los que se exhiben las prostitutas y fumarse algún peta en uno de los famosos cafés, en los que se vende droga pero no alcohol (será para no mezclar). No recomiendo laCasa de Ana Frank porque nunca me llamó la atención y además tiene siempre una cola inasumible. Lo que sí debe hacerse es darse un garbeo por las callejuelas al otro lado del canal Prinsengracht. Es el denominado barrio Jordaan. Tiene rincones preciosos entre los canales colaterales.
En la plaza Damm, el centro de la ciudad, se llevarán el disgusto de encontrase instalada allí de forma permanente una feria con una gran noria. Algo incomprensible en una ciudad así. La feria tapa parte de la fachada del Palacio Real, aunque bien pueden consolarse contemplando la exposición que se exhiba en la iglesia adyacente, De Nieuwe Kerk, que está desacralizada. La iglesia en sí no tiene nada de particular, pero tuve la sorpresa de tropezarme con una gran muestra sobre Marilyn Monroe con motivo del 90 aniversario de su nacimiento. Impresiona agradablemente contemplar que el altar mayor de la iglesia está presidido por una imagen enorme de la actriz. Yo a ese culto sí me apunto.
Detrás del Palacio Real hay una magnifica galería comercial, el Magna Plaza, y no lejos de allí (porque nada está lejos en Ámsterdam) está el Mercado de las Flores, junto al canal Singel, para comprar todo tipo de plantas, en especial los típicos tulipanes. O simplemente para disfrutar del paseo entre tanto colorido al borde de los canales.
El patio de las beguinas es un lugar recoleto con una historia fascinante. Es fácil encontrar en la plaza Damm guías en español que por poco dinero, te explican este lugar y otros cercanos.
Si todavía le sobra tiempo, puede acercarse a tres pueblos cercanos muy bellos: MarkenVolendam y Edam. Los tres, menos turísticos que la capital, pero costeros y de una belleza especial. En Edam, concretamente, pueden verse los mejores molinos de viento del país.

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