25 de octubre de 2008

Entrevista con la Agencia EFE con motivo de "El guerrillero con dos cabezas"

A continuación copio la entrevista que me hizo Carlos Gosch, jefe de Cultura de la Agencia EFE, con motivo de la publicación de mi novela "El gerrillero con dos cabezas". El texto se puede leer aquí directamente o en los medio que la publicaron en internet, algunos de los cuales copio aquí: El Público, Yahoo, Terra, Soitu, Periodista Digital, ADN o DiarioMetro



Agencia EFE
Sábado, 25 de octubre 2008

El cráneo de Velázquez es el hilo conductor de "Memorias del guerrillero con dos cabezas", una novela de aventuras en la que el escritor y periodista Franscisco Galván aborda la Guerra de la Independencia desde una "visión realista", alejada del "maniqueísmo" y del "fervor patrio".

Galván (Madrid, 1958) mezcla fantasía y realidad para recorrer diez años cruciales de la historia de España, desde la Guerra de la Independencia hasta los movimientos insurgentes que llevaron a la emancipación de México.

"Memorias del guerrillero con dos cabezas" (Algaida) está protagonizada por Leandro Honrubia Xicopetec, hijo bastardo de un rico hacendado español y una india mexicana, que se traslada a Madrid en 1808 para trabajar como aprendiz de Francisco de Goya.

El joven pintor mexicano trata de rescatar los restos de Diego Velázquez cuando José Bonaparte decide derribar la iglesia madrileña en la que reposaban, pero en su intento mata a un soldado francés y se ve obligado a escapar, llevándose consigo el cráneo del insigne pintor, que a partir de entonces le acompañará allá donde vaya.

Leandro Honrubia termina uniéndose a la lucha contra la invasión francesa y será conocido como el guerrillero con dos cabezas.

Velázquez y Goya se unen en un relato en el que aparecen otros personajes históricos como el guerrillero navarro Xavier Mina, el político Antonio Alcalá-Galiano y el militar José María Torrijos, a quienes reivindica Galván, convencido de que en España "hay poco respeto a la memoria de los grandes personajes".

"La memoria histórica no es sólo la de la Guerra Civil", subraya a Efe el escritor, quien lamenta que el respeto al patrimonio cultural haya perdido la batalla contra los intereses económicos a lo largo de la historia.

El resultado es un país que ignora qué ha sido de los restos de algunos de sus más ilustres creadores, como Cervantes, Lope de Vega y el propio Velázquez, añade Galván.

El autor explica que en su novela quiso alejarse de la visión patriótica del Dos de Mayo, que "en realidad fue un levantamiento reaccionario" en el que el pueblo de Madrid se movilizó, frente a los abusos y atropellos de los franceses, "en defensa de un rey absolutista, de la iglesia y de la religión".

José Bonaparte es en la novela "un rey competente", que promueve la modernización de España, "pero es un rey impuesto, y el progreso no puede imponerse por la fuerza", destaca Galván, quien establece un paralelismo con la situación creada recientemente en Irak.

Francisco de Goya es uno de los personajes centrales de esta novela y simboliza la lucha interior que provocó la invasión francesa en los ilustrados españoles, aunque el maestro aragonés tuvo la virtud de "saber nadar y guardar la ropa", ya que logró ser pintor de cámara de Carlos IV, Fernando VII y José Bonaparte, explica Galván.

Pero la mayor decepción que refleja la novela es la de los héroes de la Guerra de la Independencia, que, tras su victoria contra los franceses, vieron cómo Fernando VII acabó de un plumazo con los sueños de libertad recogidos en la Constitución de Cádiz y restauró el absolutismo.

Galardonado con los premios Ateneo de Valladolid y Diablo Cojuelo, Francisco Galván (Madrid, 1958), trabaja como periodista en la Agencia Efe, y "Memorias del guerrillero con dos cabezas" es su séptima novela, y, en su opinión, "la mejor de todas".

21 de octubre de 2008

Niños de tiza



Acabo de terminar Niños de tiza, de David Torres, compañero de la editorial Algaida aunque aún no tengo el placer de conocerlo personalmente. No voy a entrar en la innegable calidad literaria de la novela, que por ello ganó el premio Tigre Juan, ni me referiré al buen tino de la trama negra que subyace y que, en mi opinión, es secundaria en el libro.
Me interesa sobre todo el aroma que desprende. Porque es el aroma que me acompañó en la infancia. ¿Nunca os ha pasado que, por casualidad, al pasar por una tienda de ultramarinos o al entrar en el vestíbulo de un cine o, simplemente, al pasar por la calle junto a una ventana abierta en la que se cuece un puchero, os ha invadido un efluvio tan familiar que de pronto os ha abierto puertas del cerebro que ya ni recordabais que existían?
Eso me ha pasado a mí con Niños de tiza. Su fragancia me ha sacudido el polvo de viejos recuerdos, ha abierto con exquisitez, sin rechinar en sus viejos goznes, antiquísimos armarios olvidados desde hacía décadas, provocándome un dulce placer de recuerdos de infancia. David Torres y yo no somos de la misma quinta. Le saco ocho años, que son un mundo, pero en aquella época del franquismo el tiempo estaba detenido en una foto fija y poca diferencia hubo entre mis nueve años en 1967 y los suyos en 1973.
Niños de tiza me ha hecho recordar a aquellas dos parejas de ancianetes que vendían chucherías en sus carros ambulantes. El Abuelo Gordo y el Abuelo Chico, los llamábamos. Se instalaban con sus esposas en la plaza de Coimbra, en Carabanchel y vendían chufas en cucuruchos, altramuces y chicles Dunkin con figuritas de plástico. Los chicos los queríamos horrores. Ahora me doy cuenta de su drama, al tener que trabajar de sol a sol con más de setenta años a cuestas. La Manca (se llamaba Modesta) tenía más suerte porque disfrutaba de quiosco fijo, en la plaza de Setúbal. En lugar de brazos tenía dos muñones culminados cada uno de ellos por una especie de pezón con los que manejaba a la perfección los botes de caramelos. Tenía una pata de palo y la otra era deforme. Nos gustaba meternos en el cuchitril, que olía fatal, para vender las chucherías. De más mayores le trincábamos el tabaco, que vendía suelto.
Había otro vendedor ambulante que venía de vez en cuando al barrio y vendía pirulís (el de la foto de la cabecera de mi blog). Para atraer a los pequeños clientes cantaba algo así:


Se venden piruletas para las niñas que son coquetas
Se venden pirulines para los niños chiquirritines.


No se trataba de un pederasta. Ni tampoco aquel otro vendedor de helados con el que, inconscientemente, me fui un verano solo porque me dejaba servir los cucuruchos. Me alejé con su carrito por lo que hoy es la Vía Lusitana y cuando regresé, a las tantas, mi madre me dio una tunda.

Recuerdo a los gitanos del barrio, que no eran guapos y de ojos azules como el que retrata David, sino desarrapados y peligrosos que se movían como manadas de lobos, siempre en grupo. Eran frecuentes las dreas con ellos en los descampados cuajados de montículos de residuos de obras en lo que después se convirtió en el Parque Sur. Participaban la mitad de los niños del barrio y con frecuencia terminábamos descalabrados.
No había una sirena, como en Niños de tiza, pero si tenía un amigo poliomielítico con muy mala leche. Llevaba fatal vivir completamente aherrojado Muchos años después me enteré de que había muerto alcoholizado.
Y las chicas. Estaba la hija del director del colegio, Lupe, una rubia altísima cuando ese tipo de chavalas solo existían al norte de los Pirineos. Se sentaba a mi lado y era la única fémina de la clase. Me ponía de punta mi infantil testosterona pero siempre fui incapaz de tirarle los tejos ni nada que se le pareciera. Al final, pardillo de mí, prefería jugar al guá o a las chapas con los otros chicos.
En suma, que esta novela me ha devuelto muchos de mis recuerdos perdidos, de mis vivencias olvidadas. He sido más feliz. Gracias David.

20 de octubre de 2008

"Memorias del guerrillero con dos cabezas" (15 y última): La guerra y el progreso



Una de las conclusiones que pueden extraerse para el futuro (el presente), de la guerra de la Independencia Española es que el progreso, la cultura y la democracia no pueden imponerse a los pueblos mediante la guerra o la violencia. Francia, en 1808, representaba la libertad, la Ilustración, la Igualdad y muchas otras cosas. España, olvidadas ya sus glorias de otros siglos, era entonces unos de los países más atrasados y oscuros que había en Europa, dominado por la Iglesia más represiva y analfabeta y una dinastia reinante corrupta e incompetente.
Los ilustrados españoles suspiraban por tener aquí algo parecido a lo que había en Francia, sin necesidad de pasar por la guillotina. Por eso muchos de ellos apoyaron la invasión en un principio. Confiaban en que significara progreso. Con lo que no contaron fue con que la Francia de Napoléon dejaba mucho que desear, sus generales eran individuos arrogantes ávidos de rapiña y sus soldados, tan analfabetos como los nuestros y muchos de ellos reclutados a la fuerza.
El impacto que recibieron los ilustrados españoles fue grande. Eso no era lo que esperaban de la avanzada Francia, especialmente después del 2 de mayo de 1808. Goya intentó compatibilizarlo como pudo en unos años que fueron muy arduos para él. Otros, como Jovellanos, se sumaron a la resistencia, y otros, como Moratín, colaboraron con el monarca intruso, José Bonaparte.
El levantamiento popular del 2 de mayo, en sentido estricto, no fue un grito de independiencia. Fue, en primer lugar una explosión de rabia por las humillaciones diarias de los gabachos, y, en segundo lugar, una defensa de la monarquía absoluta, de Dios, de la religión y de Jesucrito. En suma, una erupción reaccionaria.
Paradójicamente, es la ausencia de la monarquía y la agrupación de los españoles en las Juntas locales y provinciales lo que hace brotar la idea de nación en sentido moderno. Hasta entonces había imperado el concepto medieval de fidelidad hacia el rey, hacia el jefe de la hueste. Con el hundimiento de la monarquía surje la nación como conjunto de ciudadanos con iguales derechos que habitan un mismo territorio. Esa idea se plasma en la Constitución de Cádiz que poco después Fernando VII, El Deseado, arrasa para regresar al absolutismo y reinstaurar la Inquisición.
Aunque ese no era ni por asomo el objetivo de Napoléon cuando invadió España, el espíritu de la Ilustración no se impuso por las armas. Y eso a pesar de que el José Bonaparte fue un buen monarca en el poco tiempo que pudo estar en el trono.
La violencia no puede ser el vehículo que lleve la luz a los pueblos. Eso se ha repetido en Irak y en Afganistán. durante los últimos años. Estados Unidos no pretendía llevar la democracia y la libertad a los iraquíes, aunque a Bush se le llenara la boca llamando dictador a Sadam. Pero muchos iraquíes aceptaron la injerencia. Hoy día todos ellos, sin excepciones de credos o matices políticos, piden la salida de los norteamericanos.


16 de octubre de 2008

"Memorias del guerrillero con dos cabezas" (14): José Bonaparte quiere rendir homenaje a Cervantes



Tal vez fueron los remordimientos o quizá se trató de una iniciativa sincera. José Bonaparte, después de derribar la iglesia de San Juan Bautista en cuya cripta reposaban los restos de Velázquez, quiso homenajear a Miguel de Cervantes. A tal fin tomó dos iniciativas en 1810. Una fue ordenar la convocatoria de un concurso para erigir una estatua del escritor en Alcalá de Henares, su ciudad natal. El decreto real, firmado el 12 de junio de 1810, determinaba que la imagen se instalaría en la plaza grande del mercado delante de la parroquia de Santa María, donde fue bautizado, y que el monumento sería costeado por todas las ciudades de España, salvo la de Alcalá, que debe ser exenta.
Paralelamente creó una comisión especial para buscar los restos del pintor en el convento de las Trinitarias Descalzas de Madrid, donde fue enterrado en un nicho y después, con una total falta de sensibilidad, sus huesos fueron enviados al osario del templo. Bonaparte quería recuperar los resto del insigne autor de El Quijote y para ello no dudó en llamar, para que formara parte de esa comisión de estudio, al famosísimo actor de teatro Isidoro Máiquez, quien, tras su participación en el levantamiento del 2 de mayo, había sido deportado a Francia.
Ninguna de las dos iniciativas tuvo éxito debido a lo efimero del reinado del hermano del emperador francés. Sin embargo, el rey puso las bases para que con el paso del tiempo -setenta años después- se erigiera esa estatua.
Los restos de Cervantes, como los de Lope de Vega, los de Velázquez o los de Zurbarán, siguen perdidos. ¿No ha llegado el momento de intentar recuperarlos?

9 de octubre de 2008

"Memorias del guerrillero con dos cabezas" (13): Alegoría de Madrid


Mientras Leandro Honrubia combatía al francés en Navarra, su maestro, Francisco de Goya, recibía un encargo delicado: pintar al rey intruso José Bonaparte. Goya era el pintor real y además había jurado fidelidad al nuevo monarca, pero su afrancesamiento chocaba en su fuero interno con los métodos violentos de la invasión francesa.
El pintor, siempre ingenioso, decidió pintar a Bonaparte dentro de un medallón incluido en un cuadro general alegórico sobre Madrid. Así cumplía el encargo pero al tiempo evitaba pintar un retrato clásico del Rey Plazuelas como había hecho con los miembros de la familia real española.
Con la huida de Bonaparte en julio de 1812, se optó por sustituir el rostro del rey por la palabra CONSTITUCIÓN, en alusión a la de Cádiz del Doce, pero en noviembre regresó José y con él su efigie al cuadro.
En 1813 el rey intruso se marchó definitamente de España y el ayuntamiento madrileño pidió a Goya que repintase CONSTITUCIÓN.
En 1814, entró triunfante en Madrid Fernando VII y su rostro se convirtió en el nuevo motivo del medallón. Tras el pronunciamiento de Riego, en 1820, Fernando desapareció del cuadro y en su lugar se inscribió de nuevo CONSTITUCIÓN. Tres años después, Fernando volvió al absolutismo y al cuadro pero con tan mala calidad que, finalmente, en 1872, se encargó a Vicente Palmaroli que le diera el aspecto que luce hoy, con la leyenda: DOS DE MAYO.

5 de octubre de 2008

"Memorias del guerrillero con dos cabezas" (12): De cómo se abastecían de armas los guerrilleros navarros

Debido a su perfecto dominio del idioma de Napoleón, una de las primeras misiones que Xavier Mina le encomendó a Leandro Honrubia, ya conocido como El guerrillero con dos cabezas, fue la de acompañar a una partida de guerrilleros navarros para comprar armas en territorio francés, concretamente en el pequeño pueblo de Saint Michel, cerca de Saint Jean de Pied de Port. Leandro se sorprendió de que la guerrilla se abasteciera en Francia, pero los propios traficantes galos le explicaron que la guerra también los empobrecia a ellos, gente humilde, al interrumpir el comercio fronterizo. Además, muchos jóvenes franceses de la zona habían sido reclutados a la fuerza para el Ejército Imperial para enviarlos a combatir a una guerra que no era la suya. Napoléon no era un personaje muy apreciado entre los habitantes de las aldeas de pirineo francés.


2 de octubre de 2008

"Memorias del guerrillero con dos cabezas" (11): Leandro escapa a Navarra




Leandro Honrubia escapó de Madrid con el cráneo de Velázquez debajo del brazo. El resto del cuerpo del pintor sevillano se lo llevó su amigo Felipe metido en saco. La obsesión de Leandro durante toda la guerra de la Independencia fue, además de reencontrarse con su amada Azucena, proteger la reliquia para que no se perdiera para la posteridad, como había sucedido con los restos de Cervantes o Lope de Vega. El joven pintor novohispano siempre consideró que el pueblo que no honraba a sus héroes y a sus grandes hombres ofendía a su pasado.
Con la calavera de Velázquez llegó a Navarra y se incorporó a la guerrilla de Xavier Mina, con el que mantendría una estrecha amistad hasta que el navarro fue fusilado en México.