21 de octubre de 2008

Niños de tiza



Acabo de terminar Niños de tiza, de David Torres, compañero de la editorial Algaida aunque aún no tengo el placer de conocerlo personalmente. No voy a entrar en la innegable calidad literaria de la novela, que por ello ganó el premio Tigre Juan, ni me referiré al buen tino de la trama negra que subyace y que, en mi opinión, es secundaria en el libro.
Me interesa sobre todo el aroma que desprende. Porque es el aroma que me acompañó en la infancia. ¿Nunca os ha pasado que, por casualidad, al pasar por una tienda de ultramarinos o al entrar en el vestíbulo de un cine o, simplemente, al pasar por la calle junto a una ventana abierta en la que se cuece un puchero, os ha invadido un efluvio tan familiar que de pronto os ha abierto puertas del cerebro que ya ni recordabais que existían?
Eso me ha pasado a mí con Niños de tiza. Su fragancia me ha sacudido el polvo de viejos recuerdos, ha abierto con exquisitez, sin rechinar en sus viejos goznes, antiquísimos armarios olvidados desde hacía décadas, provocándome un dulce placer de recuerdos de infancia. David Torres y yo no somos de la misma quinta. Le saco ocho años, que son un mundo, pero en aquella época del franquismo el tiempo estaba detenido en una foto fija y poca diferencia hubo entre mis nueve años en 1967 y los suyos en 1973.
Niños de tiza me ha hecho recordar a aquellas dos parejas de ancianetes que vendían chucherías en sus carros ambulantes. El Abuelo Gordo y el Abuelo Chico, los llamábamos. Se instalaban con sus esposas en la plaza de Coimbra, en Carabanchel y vendían chufas en cucuruchos, altramuces y chicles Dunkin con figuritas de plástico. Los chicos los queríamos horrores. Ahora me doy cuenta de su drama, al tener que trabajar de sol a sol con más de setenta años a cuestas. La Manca (se llamaba Modesta) tenía más suerte porque disfrutaba de quiosco fijo, en la plaza de Setúbal. En lugar de brazos tenía dos muñones culminados cada uno de ellos por una especie de pezón con los que manejaba a la perfección los botes de caramelos. Tenía una pata de palo y la otra era deforme. Nos gustaba meternos en el cuchitril, que olía fatal, para vender las chucherías. De más mayores le trincábamos el tabaco, que vendía suelto.
Había otro vendedor ambulante que venía de vez en cuando al barrio y vendía pirulís (el de la foto de la cabecera de mi blog). Para atraer a los pequeños clientes cantaba algo así:


Se venden piruletas para las niñas que son coquetas
Se venden pirulines para los niños chiquirritines.


No se trataba de un pederasta. Ni tampoco aquel otro vendedor de helados con el que, inconscientemente, me fui un verano solo porque me dejaba servir los cucuruchos. Me alejé con su carrito por lo que hoy es la Vía Lusitana y cuando regresé, a las tantas, mi madre me dio una tunda.

Recuerdo a los gitanos del barrio, que no eran guapos y de ojos azules como el que retrata David, sino desarrapados y peligrosos que se movían como manadas de lobos, siempre en grupo. Eran frecuentes las dreas con ellos en los descampados cuajados de montículos de residuos de obras en lo que después se convirtió en el Parque Sur. Participaban la mitad de los niños del barrio y con frecuencia terminábamos descalabrados.
No había una sirena, como en Niños de tiza, pero si tenía un amigo poliomielítico con muy mala leche. Llevaba fatal vivir completamente aherrojado Muchos años después me enteré de que había muerto alcoholizado.
Y las chicas. Estaba la hija del director del colegio, Lupe, una rubia altísima cuando ese tipo de chavalas solo existían al norte de los Pirineos. Se sentaba a mi lado y era la única fémina de la clase. Me ponía de punta mi infantil testosterona pero siempre fui incapaz de tirarle los tejos ni nada que se le pareciera. Al final, pardillo de mí, prefería jugar al guá o a las chapas con los otros chicos.
En suma, que esta novela me ha devuelto muchos de mis recuerdos perdidos, de mis vivencias olvidadas. He sido más feliz. Gracias David.

2 comentarios:

  1. Anónimo18:45

    Gracias, Francisco, de todo corazón.
    Nos vemos por el barrio.

    Un abrazo

    David

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  2. David, no hay nada que agradecer. Me encantó la novela y quise reflejarlo aquí, en este foro que leemos cuatro.
    Enhorabuena

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