29 de septiembre de 2009

El encuentro de Descartes con Pascal joven

Mientras varias decenas de miles de personas (dicen las crónicas que cien mil) se agolpaban en la glorieta de la Cibeles para crear un mosaico humano con el que impresionar al Comité Olímpico Internacional, poco menos de un centenar de privilegiados, entre los que me contaba, asistíamos allí cerca, en el teatro Infanta Isabel, a una de las mejores representaciones teatrales que recuerdo haber visto en los últimos tiempos: El encuentro de Descartes con Pascal joven.

Un privilegio, previo pago de 25 euros, es degustar la interpretación que Josep María Flotats (que además dirige la obra) hace de un René Descartes ya maduro y de vuelta de casi todo, rebosante de cinismo pero también de sentido común y de lógica aplastante.

Frente a él, un joven brillante, Blaise Pascal (interpretado por Albert Triola), atormentado en su búsqueda de Dios, exaltado y dispuesto a la renuncia más absoluta del pensamiento y de la razón para no alejarse de la gracia divina.

Ambos actores, solos en un escenario austero, debaten brillantemente con los inteligentes diálogos creados por Jean-Claude Brisville, autor de la obra. Flotats brilla como nunca, impresiona contemplar el dominio absoluto que tiene de las tablas, de la dicción, de la gestualidad, es un placer observar cómo administra los tempos de una obra que dura poco más de setenta minutos.

Descartes y Pascal debaten a veces acaloradamente. El primero es la razón, el segundo la superstición jansenista de alguien que apunta ya su vocación sacerdotal; Descartes defiende el valor del pensamiento, la ecuanimidad, el sentido común, la tolerancia y la relativización de las cosas incluso con sentido del humor. Pascal, enfermo, es dogmático, busca imponer sus valores, es maximalista y rígido en su interpretación del mensaje cristiano.

Pascal renuncia a la ciencia porque, afirma, le aleja de Dios. Cuanto más conoce más confundido está. Propone estar alerta y despierto siempre para no perder la gracia divina.

Descartes le replica con sorna que, sin embargo, él está poco vigilante porque duerme diez horas diarias y a veces se levanta de la cama con sueño. A Pascal le indigna esa actitud y el viejo filósofo le responde que la holganza no es improductiva y le da una respuesta que es toda una declaración de principios: “El ocio es un taller subterráneo en el que nuestro pensamiento trabaja sin que nosotros nos demos cuenta”.

Después desvela que su reconocido Método se le ocurrió en tres sueños consecutivos que tuvo una noche, y que lo desarrolló “sentado a la estufa”.

En un momento determinado, después de defender que su comportamiento procura ser siempre coherente con lo que piensa, reconoce, no obstante, que no se atrevió a publicar un estudio de astronomía que le había ocupado tres años de su vida. “Llegué a las mismas conclusiones heliocentristas que Galileo y visto lo que le pasó a él…”.

Entonces Pascal le reprocha que se haya dejado condicionar por lo que puedan opinar los demás sobre su trabajo. Pero Descartes, en una frase genialmente interpretada por Flotats, se excusa: “la Iglesia es poderosa y suspicaz y yo no soy valiente todos los días”.

El encuentro de Descartes con Pascal joven. Una obra que hace pensar sin que nos demos cuenta. Puro ocio, que diría Descartes.

22 de septiembre de 2009

Los de Gürtel intentan talar un bosque de encinas


Lo he escuchado en el informativo de La Sexta y me he quedado estupefacto: La trama Gürtel amenaza con la destrucción del bosque de encinas de Boadilla del Monte, el tercer pulmón de Madrid. Pese a que fueron desalojados de las alcaldías de los ayuntamientos de Boadilla, Majadahonda y Pozuelo, los tres ex regidores se dejaron una bomba de relojería que deberá ser desactivada (o no) por la Comunidad de Madrid.
Arturo González Panero, alias el albodiguilla; Guillermo Ortega, el rata, y Jesús Sepúlveda, ex marido de la pepera Ana Mato, acordaron cuando eran alcaldes de estas tres localidades, ampliar un campo de golf a costa de un millar de encinas centenarias del bosque de Boadilla, el tercer pulmón de la capital junto con la Casa de Campo y el Monte del Pardo.
Para colmo, situaron de gerente del desaguisado a José Galeote, también imputado y padre del eurudipitado del PP Gerardo Galeote.
Según la Sexta, debe ser ahora la consejería de Medio Ambiente de la Comunidad de Madrid la que emita un dictamen sobre el impacto medioambiental del proyecto. Si es positivo, las encinas se talarán y donde hoy pasean los vecinos, pastan las ovejas y la gente monta en bicicleta, los pijos podrán empujar sus carritos de golf con sus gorritas de diseño y sus zapatitos de clavos.
Conozco ese monte. He paseado por él varias veces y es una maravilla como ya quedan pocas en zonas semiurbanas. A escasa distancia de la Puerta del Sol tiene uno la sensación de que está en algún monte soriano, lejos de la contaminación y el ruido. Puede uno perderse por sus sendas, sentarse a la sombra y ver como los perros pastores controlan los rebaños de ovejas que pastan en las pequeñas dehesas.
Esperemos que la Comunidad de Madrid ponga el sentido común del que carece ese trío arboricida de imputados gurtelianos y rechace semejante tropelía contra el patrimonio natural de los madrileños y si es preciso, que los vecinos de las tres localidades afectadas se movilicen y lo impidan.
Además, el bosque es de todos, el campo de golf, no.

16 de septiembre de 2009

En defensa del arte de escribir

Reproduzco aquí, sin añadir más comentario, el magnífico artículo publicado por Javier Reverte en la edición de hoy del diario El País sobre la dignificación de la aportación de los escritores al mundo de la cultura.


¿Por qué debe de ser gratis la literatura?
JAVIER REVERTE

16/09/2009


La mañana del 24 de abril de 1916 un joven poeta, Pádraic Henry Pearse, en nombre de un gobierno provisional presidido por él, leía la declaración de independencia de Irlanda en la puerta de la Oficina Central de Correos de Dublín, mientras que algo más de 1.500 voluntarios, organizados en batallones, ocupaban diversos puntos estratégicos de la ciudad.
Se iniciaba así el Eastern Rising, el alzamiento de Pascua, principal hito de la lucha por la independencia irlandesa frente a la Gran Bretaña. El ejército inglés reprimió con dureza la revuelta, ahogándola en menos de una semana, y los siete firmantes de la proclamación fueron fusilados en la prisión de Kilmainham.
Lo que interesa ahora de aquel suceso es reseñar que, del grupo de hombres que proclamaron la independencia irlandesa en la Oficina de Correos dublinesa, tres eran poetas, dos de ellos también profesores de lengua y el tercero dramaturgo; un cuarto era periodista y autor de letras de canciones; y un quinto, instrumentalista de gaita y profesor de gaélico. De modo que sólo dos no tenían que ver con actividades artísticas o intelectuales.
Además de ellos, muchos de quienes se unieron a la revuelta ejercían actividades relacionadas con la literatura y las artes y manejaban mejor la métrica y el solfeo que el fusil. Nunca hubo una revolución tan literaria en la historia del mundo. Y quizás fue una de las razones por las que el alzamiento no triunfó. No obstante, la épica de la empresa quedó para la posteridad gloriosamente retratada: cualquier estudiante irlandés puede recitar hoy de memoria el poema que William B. Yeats dedicó al alzamiento, en el que se repiten estos hermosos versos al final de cada estrofa: All changed, changed utterly; a terrible beauty is born.
Quizás sea aquel sacrificio la razón por la que Irlanda es el país que más ama a sus creadores. No es raro, viajando por sus estrechas carreteras, encontrarse casas con los perfiles de escritores famosos pintados en sus fachadas. Yo he visto, por ejemplo, los rostros de Joyce y de Beckett decorando una pared en el condado de Kerry. Y en todas las ciudades abundan las estatuas de novelistas, poetas, pintores, músicos y dramaturgos.
Si Inglaterra ama a sus soldados, Francia a sus cocineros, Italia a sus tenores, Estados Unidos a sus actores y España a sus mártires, Irlanda ama a sus creadores y, en particular, a los escritores. No hay más que remitirse a los hechos: en 1969, a instancias de Charles Haughey, más tarde primer ministro, el Parlamento aprobó una ley, aún vigente, por la que los derechos de autor procedentes del trabajo creativo quedaban libres de impuestos.
Qué distinta nuestra historia. Cervantes fue encarcelado, Larra se pegó un tiro, Ganivet se arrojó a un lago de aguas frías, Lorca y Muñoz Seca murieron fusilados y cientos de creadores han vivido, a lo largo de nuestra tremebunda historia, la pena honda del exilio.
Nuestros políticos nunca nos han querido ni ayudado y les interesan, más que nuestras palabras, nuestras firmas en tiempos de elecciones. El resto del año sólo existen aquellos escritores y artistas que decoran los salones de los poderosos.
En estos tiempos, las leyes democráticas intentan proteger los derechos de autor y existe una organización, Cedro, que trata de evitar el uso incontrolado de los textos de los creadores. Gracias a ello, los escritores recogemos unas migajas anuales, en forma de unos cientos de euros si hay suerte, que Cedro recolecta mediante el cobro de un estipendio sobre la fotocopia o el "escaneado" -horrible palabra- de nuestras obras, eso que se conoce como "canon". No es algo que dé para vivir, ni mucho menos; pero al menos sienta un derecho que impide que te birlen en forma impune tus palabras.
Y aún así, hay voces que se alzan criticando esa limosna, que casi lo es, en nombre de un extraño principio al que llaman "gratuidad de la cultura". Y el pobre escritor se dice: ¿por qué no puedo yo vivir de lo que produzco y sí aquel que nos da de comer, o el banco que me presta dinero (cuando lo presta, claro), o quien nos cura, o quien nos representa en un Parlamento? ¿Por qué debe de ser gratis usar de la cultura y, sin embargo, pagamos por alimentarnos, por estar sanos y por ser gobernados en democracia?
¡Cuánta gente se asombra cuando un pobre poeta pretende cobrar por un pregón o una conferencia! "¿Pero no es cultura?", preguntan atónitos. Y alguien responde con miedo a que le tomen por loco: ¿y no hacen cultura Plácido Domingo, o Paco de Lucía, o Mikel Barceló cuando cobran por cantar, tocar la guitarra o pintar el interior de una catedral? ¿Qué es cultura y qué no es?
Quizás los escritores españoles tendríamos que jugarnos la vida en una revuelta insensata para que nuestros políticos nos respeten y nuestro pueblo nos ame. O nacionalizarnos irlandeses y ahorrarnos los impuestos sobre las migajas que nos caen de vez en cuando.

9 de septiembre de 2009

Rescatar la fuente de los Caños del Peral

El actor Danny DeVito, al visitar Madrid en tiempos del alcalde Álvarez del Manzano, sorprendido por la gran cantidad de zanjas que había en la capital, dijo con humor que esperaba que encontráramos pronto el tesoro que andábamos buscando.
Pues ese tesoro ha sido hallado, por fin, y ha sido en la plaza de la Opera o de Isabel II.
Se trata de la vieja fuente de los Caños del Peral, que data del siglo XVII y que figura en el famosísimo plano de la capital que hizo el cartógrafo portugués Pedro Teixeira en 1656.

La histórica fuente, tallada al parecer en un bloque de granito de La Cabrera de 25 metros, tenía entre cinco y siete caños que recogían el agua que llegaba canalizada por la calle del Arenal. Era punto de encuentro de lavanderas y probablemente abrevadero de caballerías. Pero, sobre todo, era lugar de cita de comediantes, quienes representaban sus obras allí, al aire libre.
Andando el tiempo cobró tanta importancia en Madrid esta actividad de los comediantes que en 1708 acabó construyéndose un teatro en la plaza. El famoso teatro de los Caños del Peral, que duró, tras una reconstrucción, hasta 1810, en que fue derribado definitivamente ya que amenazaba ruina tras los daños sufridos durante la Guerra de la Independencia. Este teatro fue testigo de las actuaciones del gran Isidoro Máiquez, considerado el mejor actor de la época, retratado por Francisco de Goya y uno de los madrileños (aunque era cartagenero: es lo que tiene Madrid) que se levantó contra los franceses el 2 de mayo de 1808.

La fuente, sin embargo, perduró hasta 1850, año en el que se niveló completamente la el terreno (que tenía un fuerte desnivel) para construir el Teatro Real que hoy preside la plaza de Isabel II.
Esta fuente, que fue localizada en 1991, probablemente (no estoy seguro, hablo sin confirmarlo) sea el elemento de mobiliario urbano más antiguo de Madrid, pero está tras una pared en el interior de la estación de metro de Opera, oculto al disfrute de los madrileños.
Ya es hora de que las autoridades se decidan a rescatarla, rehabilitarla y exhibirla, ya sea en el interior de la estación de metro, como hacen otras capitales con los restos arqueológicos (Atenas o México DF), o situándola en superficie si los arqueólogos lo aconsejan.
Hasta ahora ha permanecido oculta a la vista de todos. Por no ver ni siquiera se ha publicado una foto de la fuente para que se conozca su aspecto. La reproducción que incluyo abajo es una recreación que he tomado de la extraordinaria web dedicada al arte madrileño artedemadrid.wordpress.com y que dedica uno de sus artículos a este asunto.


Una vez más el Patrimonio Madrileño está en una encrucijada. Confiemos en que las autoridades de la Comunidad de Madrid y del Ayuntamiento de la capital acierten en su salvaguarda y escuchen las peticiones de la ciudadanía que reclaman el derecho de poder disfrutar de este hallazgo.