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EN CALIENTE

El africano saltó la verja y, pese a estar herido por las concertinas, esquivó a los agentes que trataban de detenerlo a zancadillas.

Se abrazó a los cooperantes que lo recibieron alborozados y se dejó caer consciente de que acababa de cumplir el sueño largamente aplazado en frías esperas y noches de miedo.
Por eso obsequió con una sonrisa a los agentes que fueron a buscarlo para llevarlo al Centro de internamiento temporal. Quizá en la península. No le importaba que lo confinaran en aquel limbo alegal, se lo tomaría como otra etapa más de su periplo iniciado en su lejana aldea senegalesa.
-Cabo, a este me lo lleva de vuelta al otro lado de la frontera. Junto a esos otros que aguardan allí.
-Pero, capitán, si ya han pisado suelo patrio, no se les puede devolver sin...
-¿Me discute las órdenes, cabo? ¿No ha oído hablar de las devoluciones en caliente?
-Sí, pero...
-Ni pero ni nada, cabo, si lo dice el ministro usted no es nadie para cuestionarlo. Cumpla las órdenes, que estos negritos están más calientes que espetos en la brasa.
● ● ●
El africano saltó la verja y corrió hacia los miembros de las ONG que los aguardaban para auxiliarlos con agua, comida, mantas y atención médica. Pero el cabo lo interceptó unos metros antes.
Ambos rodaron por el suelo. Desesperado, el africano escupió al agente y trató de zafarse, pero el benemérito lo retuvo contra el suelo, sacó su pistola, colocó el cañón en la frente negra y le descerrajó un tiro que le reventó el cráneo.
El capitán, que corría para ayudarlo a reducir al ilegal, se detuvo en seco, como golpeado por un mazo.
-¿Pero qué has hecho, desgraciado?
-Nada, mi capitán, me escupió. Fue una ejecución en caliente, como pregona el ministro, je. Mire, este también quedó como un espeto en la brasa. ¿Seguimos con los demás?

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