17 de diciembre de 2017

ADOLESCENCIA

Hacía muchos años que no pasaba por allí. Lustros, quizá. Pero el otro día mis pies se encaminaron solos, como si algo que yo ignoro los impulsara. Los dejé hacer, a ver qué pretendían.

Ya a mitad de camino adiviné sus intenciones, esa pareja de gemelos traviesos querían viajar en el tiempo. No les basta con patear la acera como los demás, no.  Ellos siempre buscan rizar el rizo, el más difícil todavía, y aquel día se superaron. Emprendieron un doble camino por el espacio y por el tiempo.
Enseguida lograron mi complicidad. Yo también sentía curiosidad. Ellos me recordaron lo que tenía oculto tras el polvo de la memoria. Ese que con su delicado manto nos arropa para que podamos avanzar sin que nos dañen demasiado las laceraciones de la vida que avanza vertiginosa, golpeándonos sin piedad contra todo y contra todos. ¡Bendito polvo de olvido!
Reconozco que me sorprendí. Allí todo sigue igual. Nada ha cambiado, como si los lustros hubieran discurrido por el túnel del tiempo sin dejar huella. Los mismos gritos desesperados en la pared, los mismos rincones apagados, los mismos silencios adheridos a las columnas, los mismos orines en las esquinas.
Las mismas visiones de antaño, con, quizá, nuevos revoques, pero ya costrosos y quebradizos como los que recuerdo de entonces.
Los mismos aromas solitarios de gente ausente, cuyo recuerdo quedó pegado a las fachadas, a los cierres y a los luminosos.
Y mucha evocación.
Todo un encuentro con la adolescencia.

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