17 de diciembre de 2017

ESCUPIR EN EL CAFÉ

Mario trabajaba en la cafetería del salón VIP del aeropuerto desde hacía diez años. Había puesto cafés a miles de personas. Por ella pasaban los personajes más importantes del mundo, desde cantantes hasta políticos.

Era lugar de paso obligado para quienes trataban de relajarse unos minutos antes de embarcar o el sitio ideal para que el ejecutivo siempre atareado encontrara la tranquilidad necesaria para abrir el portátil y darle los últimos toques a ese informe que debía presentar nada más aterrizar en la ciudad de destino.

Uno de los viajeros que Mario solía atender personalmente cuando entraba en la sala VIP era el presidente del Banco de Demoliciones y Desahucios (BDD), que solía volar casi todas las semanas, bien para tomar el puente aéreo o para algún destino en el extranjero que nunca se atrevió a preguntarle.
De algunos de sus viajes se enteraba después, por la prensa: si firmaba algún acuerdo con algún banco extranjero o iba a alguna fiesta de las que patrocinaba el BDD o, a menudo, a eventos deportivos.
El presidente del BDD estaba encantado con Mario y siempre que entraba en la sala VIP lo buscaba con la mirada para que le pusiera el café como él sabía. Era muy cafetero y Mario tenía muy buena mano. No permitía que su taza la tocara nadie.
Un día, Mario  leyó que el BDD había comenzado a desahuciar a mucha gente que no podía pagar la hipoteca de su vivienda. Se formaron comités ciudadanos para impedir los desalojos pero la policía los dispersaba a golpes. La dirección del banco se mostraba insensible a las súplicas de los desahuciados.
Una mañana, mientras servía los cafés a los viajeros, escuchó en la pantalla de vídeo la noticia del suicidio de  uno de los desahuciados. Se había tirado por la ventana dejando viuda y una niña discapacitada a punto de ser expulsados de su casa.
Un minuto más tarde, entró el presidente del BDD. Mario ya no lo miró con los mismos ojos. Y supuso que los otros viajeros que estaban sentados allí, en la amplia sala de personalidades, tampoco.
Pero él no se dio cuenta, llamó a Mario y le pidió el consabido café. Mario asintió y se dispuso a preparárselo. Tomó la taza y, de espaldas al cliente, se demoró unos segundos, pensativo, mirándola como si en su fondo de blanco impoluto leyera el futuro. De pronto escupió dentro y la puso en la máquina.
—¿Por qué has hecho eso? —le preguntó su compañero, que se había dado cuenta de todo.
—Porque no puedo partirle en cuello aquí mismo.
Cuando la máquina vertió todo su humeante café, Mario le puso la taza al banquero, como de costumbre.
—¡Hummm, hoy te has esmerado, Mario! —le dijo después de tomar el primer sorbo.
—Es que hoy he comenzado a aplicar una técnica nueva que mejora el amargor del café.
—¿En serio? —el banquero se interesó por ese procedimiento—. ¿En qué consiste?
—Secreto profesional —replicó Mario con cara de póker y pensó que, efectivamente, la bilis que acumulaba en su cuerpo sin duda añadiría un amargor extra al café del señor presidente.
Mario repetía la operación cada vez que el presidente del Banco de Demoliciones y Desahucios acudía a la sala VIP para tomarse ese café especial que le preparaba, incluso alguna vez presumió ante algún colega o familiar al que recomendó expresamente aquel café.

***
Un año después a Mario lo despidieron del trabajo. La cafetería del aeropuerto pertenecía a una cadena hostelera que había perdido la concesión administrativa en favor de otra de la competencia, propiedad del BDD.
En lugar de mantener los puestos de trabajo, el BDD decidió echarlos a todos a la calle y contratar nuevos empleados a mitad de sueldo y doble trabajo.
Mario llevaba cinco meses en paro cuando circulaba en su coche por el centro de la ciudad acompañado por aquel compañero que lo vio escupir en la taza del presidente la primera vez que lo hizo. Iban a una cita de trabajo, aunque tenían pocas esperanzas de conseguirlo.
De pronto, un taxi se detuvo delante de ellos en una calle estrecha para recoger a un cliente.  Mario frenó el coche y aguardó a que subiera el pasajero. No tenían prisa pues iban con tiempo de sobra a la cita. Fue su compañero el que se dio cuenta:
—¡Anda, si es tu amigo el presidente del BDD! –le dijo con una carcajada.
Mario se fijó entonces en el tipo que había parado el taxi. Efectivamente, era el presidente del BDD, el mismo al que regalaba un esputo cada vez más cargado en la cafetería del aeropuerto, el mismo que desahuciaba a gente humilde de sus casas con la misma alegría que despedía a todos los trabajadores de una cadena de hostelería.
Cuando arrancó el taxi, Mario decidió seguirlo.
—¿Adónde vas? —le preguntó su compañero al percatarse de que se desviaban de la ruta que los llevaba a su cita.
—Quiero ver adónde va este —se limitó a responder.
De nada sirvieron las protestas de su compañero para que se olvidara de aquel desalmado. Al final se resignó. Al fin y al cabo iban con tiempo de sobra.
Mario condujo su coche a una prudente distancia del taxi, que callejeaba por la ciudad, unas veces por calles estrechas y otras por grandes avenidas.
Al cabo de veinte minutos, el taxi se arrimó a la acera derecha de una calle de cuatro carriles y se detuvo. Mario ralentizó la marcha a la expectativa de lo que sucediera. Algunos conductores protestaron haciendo sonar las bocinas pero enseguida lo adelantaban.
La puerta trasera izquierda del taxi se abrió y el presidente del BDD se apeó después de pagar la carrera. Mario aceleró su coche todo lo que pudo, aferrado al volante, con los ojos fijos en el taxi.
El impacto fue brutal. El presidente del BDD salió lanzado más de treinta metros hacia la calzada donde fue atropellado por tres o cuatro coches más. Quedó desmadejado sobre el asfalto en una posición inverosímil. La puerta del taxi fue arrancada de cuajo y terminó en la acera, a los pies de una pareja de ancianos que paseaba tranquilamente acompañada por una asistenta filipina.
Mario se detuvo unos metros más adelante. Su compañero, blanco como la cal por el susto, se tentó primero el cuerpo para comprobar que había salido ileso del suceso y después le preguntó a Mario:
—¿Por qué lo has hecho?
—Porque ya no puedo escupirle en el café.

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