10 de enero de 2009

Memorias del fraile mexicano amigo de Xavier Mina


Acabo de leer las Memorias de Fray Servando Teresa de Mier que bajo el título de Memorias de un fraile desterrado en Europa, ha publicado Trama Editorial. Fray Servando fue uno de los compañeros de Xavier Mina, el guerrillero navarro, en su expedición a México para luchar contra el absolutismo de Fernando VII y que, a la postre, le costó la vida en plena juventud.
El dominico fue uno de los artífices de la independencia de México y participó en la redacción de la constitución de 1824. La mayor parte de estas Memorias las escribió en las cárceles de la Inquisición.
Es una delicia leer las opiniones y los vitriólicos comentarios de este curioso dominico que, aunque secularizado en Roma a petición propia en los primeros años del XIX, nunca dejó de ejercer como sacerdote.
Fray Servando fue deportado a España por el arzobispo de México acusado en 1794 de haber negado en un sermón el milagro de la Virgen de Guadalupe. Desde ese momento, la vida del sacerdote fue un continuo entrar y salir de las prisiones, tanto en España como en México, en las que pasó un total de ocho años. Su relación de amor y odio con la metrópoli lo llevó a escribir con descarnada crudeza sobre los vicios de la Corte, la corrupción de la Justicia y la incultura del pueblo y de los dirigentes españoles, lo que no le impidió luchar en el batallón de Voluntarios de Valencia contra el invasor francés durante la guerra de la Independencia.
Sus viajes lo llevaron por España, Portugal, Francia, Italia, Inglaterra, Estados Unidos, Cuba y de nuevo a México. Sus descripciones de las gentes de las diferentes regiones no tienen desperdicio y nos anticipan todos los tópicos que hoy tenemos de ellas.
Así, por ejemplo, de los catalanes dice que bebían el vino en porrón y que no había forma de encontrar un vaso en todo el país porque "tienen por gran porquería aplicar los labios". Pero a continuación asegura que "la verdad es que este es un ramo de su economía para no gastar vino, pues aunque se esté bebiendo un cuarto de hora, como el chorro es tan delgado, muy poco vienen a beber". Y abunda: "Los parientes cuando van a visitar a sus parientes tienen que llevar su comida por todo el tiempo que estén, mas que sea un solo día".
La fisonomía de los catalanes, dice, "me parece la más fea de todos los españoles", aunque después puntualiza que no se parecen a los españoles en ser holgazanes y perezosos porque "no se dan un instante de reposo", bien es verdad que esa laboriosidad la achaca a que el país es el "más miserable y estéril" de España, por lo que allí "el que no se menea, no come".
También pasó por Aragón a la que califica como "tierra del coño", pues es una palabra que la incluyen a cada instante en su conversación. Y por criticar a los aragoneses no se le escapan los vizcaínos: "parecen ratas (los maños), aunque estas ratas son valientes, y tan porfiandos que así como un hombre clavando un clavo con la cabeza es símbolo del vizcaíno, así clavándolo con la punta hacia la frente es símbolo de un aragonés".
De los madrileños dice que son "cabezones, chiquititos, farfullones, culoncitos, fundadores de rosarios y herederos de presidios", y añade que los hijos de Madrid parecen enanos y "me llevé grandes chascos jugueteando a veces con alguna niñita que yo creía ser de ocho años o nueve años y salíamos con que tenía sus dieciséis".
Fray Servando explica lo que son los manolos, que son "la gente natural del país (...) gente sin educación, insolente, jaquetona (...) que con navaja o con piedras despachan a uno si es menester después de mil desvergüenzas. Son los majos, los valentones y los chulitos de a pie de las mujeres como ellos, y tan desvergonzadas como ellos, entre las cuales se cuentan las fruteras y las revendonas".
Y agrega algo sorprendente: "en ninguna parte de Europa tienen el empeño que las españolas por presentar a la vista los pechos, y las he llegado a ver en Madrid en el paseo público con ellos totalmente de fuera, y con anillos de oro en los pezones. Lo mismo que en los dedos de los pies, enteramente desnudos, como todo el brazo desde el hombro. Y ya que no pueden desnudar las piernas, llevan medias color carne".
Especial pavor sintió al pasar a Italia, país en el que asegura que son capaces de matarte por cualquier razón, y de los napolitanos dice que por lo general son "muy ladrones y se les reputa como los manchegos de Italia".
La descripción de su estancia en Roma no tiene desperdicio y se percibe cierto sarcasmo al enumerar las reliquias que tienen sus iglesias: allí están el pesebre en el que nació Jesús, la escalera del palacio de Pilatos por la que subió el Mesías, la cruz en la que murió y el cartel que le colocaron, en madera más clara, con el texto "Jesus Christus Rex Judeorum" grabado en hebreo, griego y latín; el travesaño de la cruz del Buen Ladrón y "tres espinas de la corona de Nuestro Señor", además de la columna en la que fue atado para sufrir tormento.
No faltan tampoco las cabezas de san Pedro y de san Pablo, que están en San Juan de Letrán, pero por aquella fecha ya no se sabía de quién era cada una porque los franceses las sacaron para robar las urnas que las contenían.
Y también está, atada con un hierro a una columna, la piedra negra que el diablo arrojó a santo Domingo.
Al final, fray Servando, consciente de lo afilado de su verbo, confiesa que la acrimonia de sus discursos proviene "de la ingenuidad con que no acierto a disfrazar la verdad".

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