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UN CUENTO DE LOBOS Y CORDEROS


(del 14 de julio de 2015)

Los lobos se tomaron su tiempo antes de convencer a los corderos de que no eran corderos y, por tanto, nada tenían que temer. Es más, fueron tan convincentes que convencieron a los incautos de que eran lobos como ellos y que podían formar parte de la manada.

Pero la paciencia y la habilidad para el engaño de los lobos no fueron suficientes para hacer que los corderos se creyeran lobos. Hizo falta algo más: el deseo de los corderos de ser lobos.
Después, los lobos fueron devorando a los corderos poco a poco, casi como por accidente. ¿Por qué un lobo se come a otro lobo? Azares del destino. Pero el caso es que los lobos seguían siendo lobos y los corderos, corderos.
Esto ha sucedido en el mundo en los últimos setenta años. Los adinerados, los poderosos han convencido a los proletarios ingenuos de que no son pobres, que no son humildes trabajadores, carne de cañón. Les han hecho creer que son clase media, clase media alta, gente de posición, con posibles, que pueden codearse con ellos e incluso aspirar a compartir los mismos salones.
Nada más patético que un trabajador humilde que se cree que puede entrar en el club de los poderosos. Qué gran trabajo el de las revistas y la televisión con esos reportajes en los que el pobre puede ver a los ricos en sus fiestas, en sus bautizos mostrando la mansión y las telas de sus cortinajes. Incluso inventaron la sociedad de consumo y los pagos a plazos para que los incautos corderos se endeudaran hasta las cejas. Así luego no protestan cuando van al matadero.
En esa estamos ahora, creyendo que somos lobos y que lo de Grecia no ha sido más que un accidente de una oveja descarriada… perdón, de un lobezno rebelde al que había que devolver al… a la madriguera.
¿No os habéis fijado en el diente afilado de la jefa de la manada, esa matriarca de estricta educación luterana que rige los destinos de la UE como si fuera una mercería? Pues más vale que os vayáis dando cuenta de que no busca una unión de iguales, sino un corralito de víctimas engreídas por el engaño a las que ir sangrando poco a poco o de golpe, según el hambre atrasada que tenga.
Es el enemigo del norte, ese que después de varios intentos fallidos durante el siglo pasado va afinando sus métodos de bestia carnívora. Ahora ya con el beneplácito de esos otros lobos apátridas que solo se guían por la cantidad de litros de sangre que pueden engullir.
Al rebaño solo le queda una alternativa para no perecer devorado: recordar que son simples ovejas y que hay que apretarse las unas contra las otras para aguantar el chaparrón.




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