
Una de las conclusiones que pueden extraerse para el futuro (el presente), de la guerra de la Independencia Española es que el progreso, la cultura y la democracia no pueden imponerse a los pueblos mediante la guerra o la violencia. Francia, en 1808, representaba la libertad, la Ilustración, la Igualdad y muchas otras cosas. España, olvidadas ya sus glorias de otros siglos, era entonces unos de los países más atrasados y oscuros que había en Europa, dominado por la Iglesia más represiva y analfabeta y una dinastia reinante corrupta e incompetente.
Los ilustrados españoles suspiraban por tener aquí algo parecido a lo que había en Francia, sin necesidad de pasar por la guillotina. Por eso muchos de ellos apoyaron la invasión en un principio. Confiaban en que significara progreso. Con lo que no contaron fue con que la Francia de Napoléon dejaba mucho que desear, sus generales eran individuos arrogantes ávidos de rapiña y sus soldados, tan analfabetos como los nuestros y muchos de ellos reclutados a la fuerza.
El impacto que recibieron los ilustrados españoles fue grande. Eso no era lo que esperaban de la avanzada Francia, especialmente después del 2 de mayo de 1808. Goya intentó compatibilizarlo como pudo en unos años que fueron muy arduos para él. Otros, como Jovellanos, se sumaron a la resistencia, y otros, como Moratín, colaboraron con el monarca intruso, José Bonaparte.
El levantamiento popular del 2 de mayo, en sentido estricto, no fue un grito de independiencia. Fue, en primer lugar una explosión de rabia por las humillaciones diarias de los gabachos, y, en segundo lugar, una defensa de la monarquía absoluta, de Dios, de la religión y de Jesucrito. En suma, una erupción reaccionaria.
Paradójicamente, es la ausencia de la monarquía y la agrupación de los españoles en las Juntas locales y provinciales lo que hace brotar la idea de nación en sentido moderno. Hasta entonces había imperado el concepto medieval de fidelidad hacia el rey, hacia el jefe de la hueste. Con el hundimiento de la monarquía surje la nación como conjunto de ciudadanos con iguales derechos que habitan un mismo territorio. Esa idea se plasma en la Constitución de Cádiz que poco después Fernando VII, El Deseado, arrasa para regresar al absolutismo y reinstaurar la Inquisición.
Aunque ese no era ni por asomo el objetivo de Napoléon cuando invadió España, el espíritu de la Ilustración no se impuso por las armas. Y eso a pesar de que el José Bonaparte fue un buen monarca en el poco tiempo que pudo estar en el trono.
La violencia no puede ser el vehículo que lleve la luz a los pueblos. Eso se ha repetido en Irak y en Afganistán. durante los últimos años. Estados Unidos no pretendía llevar la democracia y la libertad a los iraquíes, aunque a Bush se le llenara la boca llamando dictador a Sadam. Pero muchos iraquíes aceptaron la injerencia. Hoy día todos ellos, sin excepciones de credos o matices políticos, piden la salida de los norteamericanos.
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