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Mostrando las entradas etiquetadas como brutalidad policial

¿Respetar las reglas del juego?

A los políticos, cuando se ven en apuros, les gusta echarte en cara que hay que respetar las reglas del juego. Las reglas del juego de la democracia, dicen. Cuando la gente se manifiesta contra sus incumplimientos o harta de los recortes ellos responden que sí, que están muy bien las protestas, pero dentro del orden establecido por la ley y la Constitución, que hay que respetar las reglas del juego, que no se puede asaltar el Congreso sede de la soberanía popular y bla, bla y bla. ¿Las reglas del juego? ¿De qué juego estamos hablando? O, mejor dicho, ¿de qué juego hablan ellos? Deben pensar que estamos jugando al bingo en una residencia de ancianos, con apuestas de cinco céntimos, o en un partido de fútbol de solteros contra casados después del cual se van todos a beber cerveza. ¿Pero de qué juego hablan? Lo que nos jugamos nosotros (no ellos, que están blindados por sueldos, prebendas y privilegios) es el puesto de trabajo, el pan de nuestros hijos, la asistencia sanitaria, la ...

Una profesión indigna

Golpean a quienes los defienden, protegen a quienes los golpean. No hay profesiones indignas, hay indignos en las profesiones. Camorristas camuflados, psicópatas acomplejados. Perros de presa al servicio de filonazis. No hay profesiones indignas, hay seres indecentes y  cobardes. Tipos frustrados en la vida que esconden su patología tras el uniforme y el casco. Agreden a quienes luchan por sus derechos ciudadanos. Defienden los privilegios de la casta podrida que los humilla como a los demás, con la sensibilidad social de un piojo. Son ellos los que convierten la profesión de policía antidisturbios en la más indecente sobre la faz de la Tierra y denigran el trabajo de los compañeros que luchan, de forma sorda la mayoría de las veces, por los derechos de los ciudadanos. Recomiendo la lectura de este artículo de Asueldodemoscu.net, , donde el autor hace un análisis acertado y ecuánime del papel que deben tener los antidisturbios en momentos como el que v...

La estampa de un valiente

Quizá le han recortado la pensión. Probablemente tendrá que pagar más por sus medicamentos de enferma crónica. Lo mismo es una viuda que está a punto de ser desahuciada del piso en el que vive desde hace más de cincuenta años. O quizá no, simplemente tenga unas preferentes mal colocadas en Bankia que ahora no puede retirar. ¿Le habrán cerrado el polideportivo donde hacía rehabilitación o habrá tenido que prescindir del profesional que iba a su casa un par de horas diarias para asistirla de esas hernias que le impiden dormir? Está claro que aprovechó la manifestación para ir a la compra. El silbato que lleva al cuello es un arma peligrosa que tomó al salir de casa, no se lleva por casualidad: había ánimo de alborotar. Quizá llamó cabrones a esos tipos de azul que aporrean a la gente sin piedad, o tal vez le silbó al oído al gañán de casco. ¿Sería una patada de Kung -Fu en plena visera? El antidisturbios (sin placa que lo identifique) la sujeta impertérrito. Probablemente piensa ...

¡Enemigos!

Sonó el timbre y los niños se alinearon en el pasillo. La monja los retuvo unos minutos. ¡Hasta que no os, calléis no os dejo salir! Fuera, en el patio, los padres aguardaban pacientes. Salvo Antonio M., al que devoraba la inquietud. Era la primera vez que acudía a recoger a su hija. Su mente estaba cuajada de extrañas imágenes. Carreras, sangre, golpes, sirenas... Sudaba y tenía el pulso acelerado. Las puertas se abrieron y un tropel de niños inició una carrera desbocada, con sus mochilas mal colgadas, arrastando los babis, lanzando gritos de alegría. Antonio M. lo veía todo a través de un velo de terror púrpura. Comenzó a temblar. Apretó los dientes. La mano se le crispó sobre la porra y se lanzó feroz contra el enemigo .